La
autonomía del Banco Central es uno de los aspectos que ha generado más
controversia de cara a la nueva Constitución. Esta institución es
fundamental para nuestra estabilidad económica, ya que asegura que
nuestro dinero conserve su valor en el tiempo, luchando contra el alza
sostenida de los precios de bienes y servicios, vale decir, la
inflación. El propósito de esta columna es reflexionar acerca de la
razón de ser de la autonomía del Banco Central y por qué ésta es tan
importante para todos nosotros. De paso, esta reflexión nos puede ayudar
a entender mejor los incentivos detrás de políticos y cómo éstos pueden
poner en jaque la estabilidad económica del país.
Contener
la inflación es una tarea relevante porque ésta tiene varios costos
sociales y prácticamente ningún beneficio permanente. Quizás el más
importante de los costos es que todos nos empobrecemos, ya que contamos
con la misma cantidad de dinero para comprar bienes y servicios más
caros. Esto afecta particularmente a los sectores más vulnerables, los
que están en peor posición de absorber estas alzas, carecen de
información financiera y muy difícilmente pueden ahorrar en una moneda
extranjera. Adicionalmente, la inflación genera incertidumbre respecto
del valor del dinero, pudiendo desalentar la inversión y el crecimiento.
La
autonomía del Banco Central es deseable debido a que los gobiernos no
son buenos manejando la inflación. Esto sucede fundamentalmente porque
los políticos se mueven por incentivos de corto plazo, como las
elecciones. Entonces, cuando tienen acceso a la impresora de billetes,
tienden a usarla indiscriminadamente para generar una falsa apariencia
de prosperidad que les ayude a ganar las elecciones, sin considerar los
efectos que aquello pueda tener en la economía (y en las personas) en el
mediano plazo. Esperablemente, esta “generación” de recursos no es ni
mágica ni gratuita, ya que se hace a costa de devaluar el dinero de
todos los demás. Por esta razón se dice que la impresión de dinero es
una especie de impuesto encubierto, con la diferencia de que no es
aprobado por el congreso. A su vez, como imprimir dinero es una de las
formas más importantes que tienen los gobiernos para financiarse, éstos
son reacios a renunciar a este poder. Por lo mismo, recobrar este poder
se transforma en una tentación permanente cuando lo han perdido.
En
cambio, la evidencia sugiere que los Bancos Centrales son
particularmente efectivos para reducir la inflación. Donde quiera que un
Banco Central verdaderamente autónomo es instalado, la inflación se
reduce o desaparece. Todo lo anterior se ve ilustrado en la historia de
nuestro país. Por ejemplo, la impresión indiscriminada de dinero fue una
de las principales formas de financiamiento de la Unidad Popular. Como
indican Larraín y Meller en un artículo publicado en 1991, esto llevó a
que el dinero circulante aumentara cerca de 30 veces entre 1970 y 1973.
La consecuencia: una inflación que superó el 600%, y que derivó en una
de las peores crisis económicas de la historia de nuestro país. Teniendo
esta experiencia en consideración, la Constitución de 1980 consagró la
autonomía del Banco Central. Sin embargo, ésta no fue efectiva hasta la
dictación de la Ley Orgánica Constitucional del Banco Central en 1989.
Dicha ley (que podría haber sido dictada junto con la Constitución, pero
no lo fue), sirvió para amarrar al gobierno entrante, lo que demuestra
lo difícil que es desprenderse del poder de imprimir dinero. Lo claro es
que gracias a la autonomía del Banco Central nuestro país ha logrado
terminar con décadas de inflación, la cual durante los últimos 20 años
rara vez ha superado el 5%.
En
conclusión, reflexionar sobre la autonomía del Banco Central nos deja
algunas enseñanzas. La primera, que ésta debe ser mantenida en la nueva
Constitución, porque somos todos los que nos beneficiamos de precios
estables. La segunda, que los políticos tienen incentivos eleccionarios
de corto plazo que no necesariamente están alineados con los de largo
plazo de la ciudadanía. En cierto sentido, la autonomía del Banco
Central representa un sinceramiento de estas inclinaciones, junto a un
compromiso de atarse las manos para evitar acciones autodestructivas. Lo
paradójico es que son los propios políticos, tentados por las
elecciones, los que amenazan con terminar con uno de los avances
institucionales más importantes de nuestra época. Y si esto sucede, es
cuestión de tiempo para que volvamos a hablar de la inflación como un
problema.