Héroe,
villano o chivo expiatorio, muchas opciones para un solo hombre que
hasta hace unos días dirigía los destinos del Ministerio de Salud, y con
amplios poderes decidía sobre la libertad y las opciones de vida o
muerte de los chilenos.
El Ministro Mañalich podrá ser exhibido como un trofeo de guerra
pero lo cierto es que ninguna de las razones esgrimidas parece razón
suficiente para mostrarlo como un logro necesario para el entendimiento y
la suscripción de un acuerdo nacional, su dimisión no garantiza que su
sucesor consiga la cura milagrosa o el cumplimiento estricto de la
cuarentena. En lo concerniente a la transparencia, elevada a los
altares de las virtudes públicas, tampoco es una vacuna contra la falta
de disciplina y el permanente desacato al distanciamiento social. Por el
contrario, su alejamiento del cargo semeja más a una manifestación de
un peligroso infantilismo o atavismo en la toma de decisiones, en que se
pretende satisfacer al vulgo haciendo rodar una cabeza. Nada más
peligroso que esperar se solucione la pandemia sobre la base de falsos
consensos, o de una supuesta confrontación entre quienes privilegian la
vida o la economía, las criticas continuarán y sólo cesarán cuando el
virus producto de un conjuro o de una vacuna se aleje de nuestras vidas o
al menos de la cotidianidad a la cual estábamos habituados.
Lo cierto es que muchos países no exhiben cifras creíbles, ni China
ni los propios Estados Unidos, todos sin excepción, entienden que la
solución no es estadística, que éstas sólo ayudan a tomar decisiones y
orientar políticas públicas, nada más. El Gobierno tiene a la mano
cifras creíbles o al menos verificables, el problema ha sido como las
comunica y que decisiones adopta, si las entrega a los matinales, a las
personas que deben ordenar sus vidas conforme a ellas o las mantiene en
reserva. Con todo, lo único que no logra persuadir es un discurso que
evidencia confusión y la desorientación propia de quien no sabe que
hacer ante lo desconocido.
Con cambio de gabinete o sin él, resulta evidente que la pandemia
no es un problema estrictamente sanitario, sino que compromete a todas
las instituciones. El virus no sólo ha demostrado ser insuperable,
irresistible e imprevisible, sino que ha perdido su carácter
transitorio, no es una llovizna, un terremoto o inundación, sino que se
instaló como un riesgo más que llegó para quedarse en nuestra sociedad,
es preciso asumirlo, su impacto no se superará en todas sus
implicancias, por decreto o poniéndose en sintonía con lo que quiere la
calle, sino con políticas públicas eficientes en que cada servicio debe asumir un trabajo coordinado y disciplinado.
Siempre pioneros, hemos tenido un botón de muestra, los
trabajadores de una Planta Pesquera han sido contaminados y contagian.
¿Es este un problema exclusivamente sanitario o debió constituirse allí
fiscalizando la Inspección del Trabajo, estableciendo protocolos claros
de protección para los trabajadores.? O los problemas de la educación
pública o lo que queda de ella, ¿Son acaso de exclusiva competencia de
la autoridad sanitaria o de educación?. Nos asiste el derecho de
demandar algo más de creatividad y esfuerzo que un cambio de gabinete
para superar la pandemia, si la única propuesta es cambiar un ministro
estamos fritos. No se requiere de una cortina de humo para obstaculizar
la visión del virus y su peligrosidad, sino que de acciones eficaces
que no han llegado aún, inclusive en países con más recursos humanos y
económicos que Chile, por eso el autocuidado y la responsabilidad
individual son las únicas respuestas eficaces a nuestro alcance y son
éstas las que no se han logrado, demasiada chimuchina, matinal y
farándula, eso no sirve, no hay sistema ni reglamentos que resistan, ni
ministro capaz de imponerse por sobre el sincretismo religioso, la
cultura de la improvisación, la búsqueda de soluciones mágicas y la
ingenua esperanza de un retorno a la normalidad, ojalá sin costos ni
sacrificios.