Ante
la inminente redacción de la Constitución que nos habrá de regir para
los próximos 3 o 4 decenios, son muchos los que nos hemos sentido
llamados a escribirla. De ser electos trataremos de traducir en
preceptos lo que la comunidad nacional ha reclamado como parte del
despertar del mes de octubre de 2019, siguiendo los principios que nos
otorgarán. Estuvimos allí, compartimos la desesperanza y la
interpretamos. Al asumirla sentimos estar en un punto intermedio entre
el experto y el ciudadano común.
Como
institución eminentemente técnica que abarca tantas materias y de tan
diversa índole y complejidad, ha habido un crecido interés en formar
parte de ella, sea a través del dificultoso proceso de recolección de
firmas o la integración de listas partidarias. Muchos abogados, una gran
cantidad con destacados estudios o cátedras en el área y otros tantos
con títulos obtenidos de prestigiosas universidades externas. A la hora
de poner currículos sobre la mesa, podrán aparecer 100 o más expertos.
La
pregunta es: ¿Es necesario transformar la discusión o redacción de la
carta fundamental en un tema exclusivamente académico en el cual se
alineen posturas de una u otra escuela clásica y que, en definitiva,
resulte una joya o se espera que en ella esté el verdadero sentir de la
ciudadanía? ¿Tendrá alguna posibilidad de aportar, discutir algún tema o
término sin ser ninguneado aquel que no sea calificado como experto?
Sin
duda algunos peritos deben integrar esta Asamblea, como también lo
deberían hacer como asesores de los que serán constituyentes, pero la
comunidad debe buscar el equilibrio entre quienes detenten ese
conocimiento con la madurez cívica de otros muchos que impondrán
criterio, cordura y dirección a la discusión, aunque estén en un error.
Si no fuera así, no tendría sentido el llamado al plebiscito y su
resultado y menos aún la creencia de que todos pueden ser parte del
proceso. Hubiera bastado con convocar a los profesores de Derecho
Constitucional del casi centenar de facultades que hay en el país, pero
no es lo que se necesita hoy en Chile.
La
discusión no debe ser de academia, porque se transformará en algo frío,
semántico y carente de realismo donde predominarán los egos. Hay que
traducir en norma lo que la comunidad no letrada espera con ansias y que
después deberá ser analizada en las cátedras por los docentes para al
fin traducirlas en leyes. Hay un enorme abismo entre el análisis teórico
y la realidad que debe primar y ansiamos que la comunidad no se deje
llevar por quienes hablan bonito, de corrido y con tonos de superioridad
intelectual. Queremos algo bueno, pero donde todos podamos colocar
nuestras huellas y que represente el sentir de la región por vivir
permanentemente de su realidad y no ser ave de paso que quiera
aprovecharse del momento o recordar la calidad de magallánico cuando se
han preferido otras latitudes para desarrollar sus vidas.