La
pregunta que muchos se hacen ante el dramatismo de la pandemia y sus
consecuencias de hambruna y muerte, es cuánto realmente aprenderemos de
esta especie de realidad apocalíptica, que remece a todos, incluso a los
egoístas de las sociedades que no se conmiseran con las necesidades de
los demás.
¿Cuánto
cambiaremos a nivel global, nacional o local? Algunos pensadores como
el joven filósofo alemán Markus Gabriel, catedrático de la Universidad
de Bonn, opinan que la pandemia “es solo un principio de una cadena de
crisis sucesivas con las que deberemos aprender a convivir”. Pero a la
vez piensa que una nueva moralidad emergerá de la transformación de un
sistema insostenible, que dará necesariamente paso aun nuevo mundo que
se avecina.
Con
fuerza se acuñan y renacen en variados espectros y sectores de la
sociedad conceptos que la vida mesócrata aspiracional, había ignorado
por mucho tiempo o bien estaban dormidos y sumergidos, en la masa de ciudadanos ciegos por el encandilamiento del consumo.
Conceptos
como “solidaridad o bien común”, que a veces se confunden con la
necesaria virtud de la caridad necesaria del momento, que por definición
no es jactanciosa y que debería estar presente siempre, debido a que no
es posible vivir la vida correctamente, haciendo a un lado la caridad.
Pero
cuidado que esta virtud, – la caridad – , tiene una regla ética, “no
dejes que tu mano izquierda sepa lo que hace la derecha”, dice la frase
de origen bíblico, considerada hoy una especie de refrán popular, que
nos orienta a pensar que la generosidad no debe ser “aireada”, debido a
que es de absoluto mal gusto “el exhibicionismo” de las cosas que se
hacen para favorecer a otras personas, sobre todo cuando se trata de
ayuda económica y alimentaria.
Por
lo que no encuentro digno que ante necesidades tan urgentes, se genere
una especie de show mediático de chaquetas rojas repartiendo cajas con
alimentos, de manera gananciosa, por noble que sea la intención, esta no
debe esconder el disfraz de la productivismo
político, que busca utilizar y manipular el dolor de las personas, lo
que aparte de ser criticable, no es ético, no es necesario y no es
virtuoso.
Quizás
otro aspecto que se olvida cuando uno aprecia este despliegue, es que
la pobreza no se combate en un solo día, ni se asume solamente en los
momentos dramáticos como este, todo lo contrario, debe asumirse siempre
en nombre de la solidaridad y la equidad, como únicos escenarios
concretos de la justicia distributiva de contenido social en el marco de
una democracia realmente sana.
Por
otra parte, la solidaridad es un valor sinónimo de apoyo, respaldo,
ayuda y protección, que cuando persigue una causa justa cambia el mundo,
lo hace mejor, más habitable y más digno.
Los
derechos de la solidaridad son aquellos que optimizan el desarrollo de
las personasen un ambiente social apropiado, contemplan al ser humano en
su universalidad y buscan garantías para la humanidad o un país como un
todo. Siendo uno de los derechos humanos más recientes para que puedan
cumplirse tienen necesariamente que dar señales concretas y participar
activamente el gobierno, los parlamentarios y todas entidades públicas y
privadas como las empresas, organizaciones sociales y en general todos
los individuos.
Las
políticas públicas basadas solamente en la caridad sobre exhibida y
faltas de ética por lo general no conducen a nada bueno en las
sociedades.
Solo
una nueva moralidad basada en una justicia distributiva social, nos
hará tener un país, una democracia y una sociedad más sana.