Cuando nos volvamos a encontrar

La
pandemia está lejos de desaparecer y las consecuencias de su paso por
nuestra vida aún no se puede visualizar. El daño económico que está
produciendo; el descubrimiento de la verdadera realidad de la población;
el daño que provocará en las familias; la subsistencia de las
instituciones, y la nueva forma de enfrentar la vida, será materia de
estudios y de un largo proceso de readecuación. Nada ha sido fácil para
los afectados y tampoco para los que han pasado incólumes por la crisis.
Nada va a ser igual y es el remezón que esperaba la naturaleza humana
para tomarle el verdadero sentido a la identidad y solidaridad del ser
humano. Sin querer vivimos la experiencia de tantos filmes de zombis,
pandemias, invasiones alienígenas y de impactos de meteoritos. Los
veíamos como una entretención y, de pronto, debimos protagonizarla. Cada
uno en su papel, cada uno cuidando sus intereses, cada uno buscando
subsistir. La sorpresa inicial, la confusión a todo nivel, la falta de
liderazgo y la notoria ausencia de una voz con superioridad moral que
llame ala calma o que interceda como mediadora entre los requerimientos
de la población y la clase política, nos ha dejado realmente huérfanos.

El
temblor ha acomodado nuestras prioridades, nos hemos dado cuenta que
con la ropa que tenemos podemos arreglarnos, que no es necesario viajar o
adquirir cosas para ostentar, que a pesar de todo hay gente que ha
perdido mucho, incluso la vida y que para ello no hay reparación.
Estaremos saliendo de nuestras casas como los antiguos que salieron de
sus cuevas cuando terminó la glaciación, o los que entraron a las
ciudades después de las pestes, o los que volvieron a cultivar los
campos cuando los bárbaros se retiraron.

Reencontrarse será difícil, además, porque la boquilla nos impedirá ver la sonrisa, aquella expresión
que muestra nuestro verdadero estado de ánimo y que a través de las
pantallas de una video conferencia no logra convencer. Necesitaremos
reconocernos porque, aunque haya pasado seis meses o más, nuestros
cuerpos habrán cambiado. El sedentarismo causará sus efectos y un nuevo
modelo de vida tendremos que asumir.

Habremos
aprendido a criar a nuestros hijos, a soportar a nuestras parejas, a
convivir con nuestros padres y abuelos y eso, para muchos habrá sido una
carga o un retroceso, pero los que lo hayan logrado tendrán futuro.
Para ser honestos, habíamos dejado todo eso a terceros y nos conformamos
con tener “una vida propia”, egoísta y unipersonal, buscando en otros
lugares el relajo y el gusto temporal. Pasar obligadamente el tiempo en
familia nos lleva a valorar lo que ha sido nuestro pasado y lo que hemos
sembrado en nuestro presente. Si la razón de aquello se fundó en el
amor, no habrá problemas, pero si fue casual, por compromiso o por
oportunidad, habrá mucha tarea para abogados, psicólogos y terapeutas
familiares.

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