Después de
innumerables postergaciones, el pasado martes por fin se logró votar, en una
jornada maratónica, el proyecto de ley que pone limite a la reelección. Como se
ha informado profusamente, la votación se dividió en dos partes; una que se
limitaba a establecer un máximo de tres períodos para las o los diputados (12
años) y de dos períodos para las o los senadores (16 años). Esta parte se
aprobó con 35 votos a favor; dos en contra y una abstención. En cuanto a la
“retroactividad”, la votación fue de 22 votos a favor; 7 en contra y 12
abstenciones, con lo cual no se logró el quorúm requerido (26 votos) por lo que
ahora se irá a una comisión mixta que deberá zanjar el tema. En mi caso voté a
favor en las dos oportunidades.
Sin duda el
resultado de esta votación ha provocado un gran malestar en la opinión pública
que interpreta esto como la defensa corporativa de quienes estamos en el
Parlamento. Se habla de una “casta” que se encuentra por sobre el resto de las
personas y que se resguarda a sí misma.
No es extraño que reine esa sensación, sobre todo por la falta de
coherencia entre quienes votaron estar a favor de poner límite a la reelección,
pero que al mismo tiempo dijeron, a través de su voto, pero que a mi no me
afecte. Curiosa forma de interpretar la democracia.
Antes de
analizar los argumentos que se escucharon hay que despejar un tema que ya está
dando pie a interesantes debates para los cultores del Derecho; la mal llamada
retroactividad ¿Cómo puede ser retroactivo algo que operará en el futuro y no
hacia el pasado? En efecto, el proyecto establece claramente que la norma
comenzaría a operar para las próximas elecciones, por tanto, no es un proyecto
con efecto retroactivo como de manera errada se ha señalado.
Durante el
debate quienes se opusieron, así como quienes se abstuvieron (que para el caso
es lo mismo que rechazar), entregaron variadas argumentaciones. Hubo quienes
dijeron que eran los ciudadanos quienes debían decidir mediante el sufragio la
continuidad o no de sus representantes, lo que es muy cierto, pero también es
cierto que, si no se permite la renovación de postulantes, la gente no tiene
más opción que votar por los/as mismos/as de siempre.
También se
dijo que esto era una maniobra para “sacar por secretaría” a las/os
candidatos/as que de seguro serán reelectos, eliminando así la competencia.
Este argumento es llamativo, pues supone que quienes sostienen aquello poseen
el don de predecir el futuro y saber, a casi dos años de la próxima elección,
el resultado de ésta. Sería útil que usaran sus poderes para decirnos, por
ejemplo, cuándo estará lista la vacuna contra el coronavirus o cuáles son los
números ganadores del próximo sorteo del Loto.
Tal como lo
dije públicamente, creo que el Congreso perdió una oportunidad ideal para
mandar una señal nítida y potente de que habíamos escuchado la voz de la gente
que, de manera mayoritaria en el denominado estallido social, salió a las
calles de manera pacífica planteando una serie de demandas por mejor salud,
educación y fin a los abusos. Pero, aunque alguien dijo que no se había visto
el límite a la reelección como una de las solicitudes de la ciudadanía, negar
que, así como que se nos pidió rebajarnos la dieta, también fuimos interpelados
a soltar el poder, me parece que es negar la realidad.
Quienes
formamos parte de la clase política tenemos el deber ético de asumir con
humildad los reclamos de la gente, entender que ninguno de nosotros/as es
imprescindible y que negarse a dejar espacio para nuevos liderazgos solo habla
de un afán desmedido de aferrarse al poder. Eso es lo que corresponde, lo demás
es música. Las argumentaciones que se han escuchado y las respectivas
votaciones me hicieron recordar una célebre frase del gran comediante Groucho
Marx, que dice: “Damas y caballeros, estos son mis principios. Si no les gustan
tengo otros”.