El cierre de un año complejo

En todo cierre de actividades está inscrita la sensación de que, con un acto simple de reconstitución de lo realizado durante un período dado de tiempo, se está listo para recomenzar otra etapa, organizar una nueva secuencia, enfrentar un nuevo desafío. De tal modo que los efímeros efectos positivos pasan a constituir parte de nuestras ganancias y éxitos que nos permiten definir los siguientes pasos, en tanto que los negativos y oscuros resultados suelen quedar en los archivos que, convenientemente, no volverán a ser visitados. Se define así una separación casi ingenua entre el pasado y el futuro, como si nuestras vidas tuviesen horarios y calendarios de duración definida, factibles de ser reprogramados de manera ordenada y predecible. Hoy estamos en el inicio de un aparente e imaginado nuevo ciclo, de un nuevo año, en el umbral de las siguientes nuevas oportunidades y tenemos la secreta esperanza de que lo ya ocurrido no se nos haya quedado en los bolsillos ni menos en la memoria, por lo que confiamos en que permanecerán atrapados en el pasado y sin posibilidades de retorno. De este modo, podremos recordar los escasos e intensos buenos episodios ocurridos en el pandémico año 2020, nuestros anhelos reposando en interminables cuarentenas, los gestos de solidaridad para aportar a un bienestar momentáneo, incluso las columnas escritas con la pretensión de aportar una palabra a la capacidad de diálogo ciudadano desde una perspectiva no usual. Se nos vienen a la imaginativa memoria humana amigos y amigas, hermanos y hermanas, padres y madres que ya no estarán en el futuro que queremos construir y levantar, pese a todo, a partir de este día, y surgen aquellos entrañables personajes que, con una tradicional bondad, suelen alegrar los momentos con sus también imaginativas ocurrencias que hablan de fraternidad y de afectos. Es así como llegamos a imaginar sucesos que llenarán los nuevos días del año nuevo y, es posible que por esta vía lleguemos a olvidar que lo esencial de la vida humana no descansa en los límites que nos impone un calendario, sino que, por el contrario, en una búsqueda intensa, permanente, de armonía que, a través de un compromiso creativo, nos posicione en cada instante y sin límites de fechas, con nuestro entorno, con nuestros congéneres y con nuestra comunidad. Nuestra vida merece ser vivida en plenitud, porque constituye el ámbito propio en el que fluye nuestra propia vida, la vida diaria, la familiar, la del trabajo cotidiano, la de las relaciones sociales, amistades y lazos solidarios, en donde descubrimos —generalmente— las oportunidades de crecimiento, planificación, reconocimiento, apertura y ayuda a otros, que todo ser humano en algún sentido desea. Es el deseo que se expresa en esta Columna para todos y para todas.
Así como la imaginación conduce al desarrollo del don único de la metáfora, es posible que nuestra capacidad de soñar sea la base para dar sentido a la vida. Tanto las metáforas como los sueños, siendo características únicas y propias del individuo humano, pueden entrelazarse y contribuir a crear un modelo de sociedad capaz de quedar instalado no sólo en el cerebro del individuo, sino que en el colectivo. Y esperamos que este sea el desafío que, a partir de este nuevo día, tomemos todos para alejarnos cuanto sea posible de un modelo supersticioso, mezquino, provinciano, lleno de espíritus y de trasgos, ajeno a la fraternidad y a la tolerancia.

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