A
propósito de que somos seres biológicos que luchamos contra la
naturaleza propia y la que nos rodea, la Gran Maestría de la Gran Logia
de Chile sostiene que una característica propia de lo humano reside en
nuestra gran capacidad de aprender de nuestras experiencias y, a partir
de ellas, generar conceptos y categorías, aunque sea con aciertos y
errores. Esto es lo que nos permite superarnos en diversos planos de la
vida tanto personal como colectiva y, tal vez lo más importante, nos da
posibilidades de preservar y proyectar la condición humana más allá de
los descontentos, prejuicios, insatisfacciones, ilusiones e ignorancias
que cotidianamente se están produciendo justamente por la imperiosa
necesidad de más progreso, sin que ello implique necesariamente mejor
calidad de vida. Las experiencias que estamos enfrentando hoy día
producto de la pandemia que nos atormenta, se transforman en un buen
ejemplo de esto. Nuestra búsqueda del progreso, con aciertos y errores,
no implicó necesariamente superar los estándares de calidad con los
cuales nos hizo soñar el sistema y nuestros antecesores. Y más aún, como
sociedad, no nos deja en un plano ni medianamente satisfactorio
respecto del tipo de mundo y de sus condiciones ambientales que
dejaremos en “herencia” a las siguientes generaciones. Los resultados a
escala mundial han puesto en evidencia que la vitalidad solo
materialista y no sustentable, conduce a dejar de lado cuestiones
imprescindibles desde un punto de vista ético y moral y a abrir las
puertas a una codicia desmesurada y a un afán competitivo sin excusas,
enmarcados dentro de las desidias y negligencias propias de un ambiente
social y cultural de esta naturaleza.
Surge
entonces y de manera incuestionable, la obligación de todos y de todas
de enfrentarnos cívicamente a la realidad social y sanitaria y sus
consecuencias dramáticamente visibles para algunos y vivibles para la
mayoría, para entenderla como realmente es, a fin de lograr una
capacidad de diálogo fraterna y tolerante, conducente a la superación
progresiva de las condiciones, claramente indeseables, que se producen
en lo cotidiano del quehacer de cada persona y, peor aún, de las élites
dirigenciales. Sin esta urgente vuelta al desarrollo de la singular
capacidad cívica y reflexiva del ser humano, se distancia la real
condición del hombre y de la mujer, lo cual nos transforma en el ser
unidimensional que hemos llegado a ser como producto concreto de
nuestros sueños y anhelos disminuidos y restringidos. De manera
inevitable, corremos el riesgo de perder nuestra libertad plena como
resultado del accionar de una manipulada condición humana, que transita
actualmente por los límites de la superficialidad y que mantiene la
ilusión de un pluralismo de opiniones que, sin embargo, no transitan por
el fondo ético de los problemas básicos. Un progreso humano real y de
significado no solo para el hombre y la mujer actuales, sino que para
las siguientes generaciones, será el logro de una actitud cívica, pero
como una cuestión de Libertad y de Conciencia y no como resultante a
través del capricho, del cuestionamiento desinformado, del a avaricia
audaz, del egoísmo exacerbado, o del individualismo estéril.