Probablemente
actuar en consecuencia, y coherencia, sea una de las cuestiones más
complejas de poner y llevar a la práctica. Porque en el discurso la
acción las sutilezas, más aún en contexto de alta polarización y
desconfianza, terminan marcando diferencias a favor o en contra en la
relación emisor – receptor. Esta relación la venimos observando hace
bastante rato y fue en el denominado estallido del 18 de octubre de 2019
donde quedó en evidencia lo que se conoce como el malestar social y el
consiguiente despertar de la ciudadanía. Con todo, una de las mayores
aprensiones de las elites se arraiga en no perder sus cuotas y espacios
de poder, pero entendiendo que necesariamente tendrán que ceder algo,
aunque sea poco, para generar la sensación de un emparejamiento en
cuanto a los privilegios.
Cada
día que pasa estamos asistiendo a un proceso generalizado e inédito de
pérdida de confianza en todas las instituciones y organizaciones. Los
actores sociales desconfían de la política y los partidos, de las
instituciones públicas, de las empresas, de las organizaciones
religiosas, etc. Este generalizado proceso hace indispensable una
reflexión sistemática y adecuada respecto a cómo recuperar la confianza
perdida (si acaso esto es posible), de qué manera ello se puede lograr, y
qué acciones específicas se deben impulsar. Lo que predomina, en el
actual contexto país, es la desconfianza, una que se ha instalado de tal
forma que no sólo ha permeado todos los niveles y estratos de nuestra
sociedad sino también pone en vilo el comportamiento electoral que se
evidenciará en las próximas elecciones. Es talla nebulosa que mientras a
comienzos de 2020 se pensaba que los incumbentes tendrían la primera
opción de triunfo hoy, en consideración a los resultados que dejará la
actual coyuntura sanitaria, el escenario es completamente abierto para
cualquiera. Y si bien es iluso y falaz pensar que todos partirán de
cero, porque no lo es, lo cierto es que el desafío eleccionario, para
quienes tengan la valentía y el coraje de optar a algún cargo – escaño,
será cuesta arriba ante una nación aséptica, que cuestiona, que critica,
que exige y que demanda.
Porque
Chile no sólo tendrá que salir lo más digno y airoso de esta crisis de
salud pública, sino que, posteriormente, se encontrará con un escenario
de cifras históricas en materia de desempleo, con una reactivación de la
economía que no será sencilla y con una demanda de urgencias a
satisfacer con recursos limitados. En paralelo habrá quienes, de seguro,
aprovecharán la coyuntura con relatos populistas y soluciones “de
sombrero de mago” que embaucarán a uno que otro ciudadano con
necesidades que, la incapacidad de respuesta de binomio político
izquierda – derecha, poco y nada puede perder en respaldar cantos de
sirena que, aun cuando imposibles, al menos servirán como bálsamo para
surfear el trago amargo del desempleo, de las deudas, de la
imposibilidad de que el mercado logre generar empleos de calidad, con
remuneraciones dignas. De hecho, no es descartable en absoluto que se
vuelva a generar un nuevo estallido social, más aún cuando en octubre se
realizará el plebiscito por una nueva carta fundamental. El tema, que
en verdad le interesa sólo al mundo político, será un gallito de fuerzas
debilitadas que intentarán imponer su hegemonía en beneficio de sus
intereses. Porque sepa usted que la Constitución no garantiza que usted
pueda pagar sus dividendos, sus consumos básicos o poner el pan en la
mesa, tanto para usted como para su familia.
El
coronavirus ha sido el clímax de una crisis que se viene arrastrando
desde hace tiempo. Sería injusto culpar de todo a este “enemigo poderoso
y temible” que, a decir verdad, no causa tanto temor como la
incapacidad legislativa, de generar acuerdos y consensos en favor de las
personas, de nuestra clase política vigente. De hecho, para el
coronavirus se podrá desarrollar una vacuna que nos permita enfrentarlo
pero, para tener políticos decentes y probos, la verdad es que estamos a
años luz y es altamente probable que muchos de nosotros estemos muertos
y aún nuestra nación siga esperando por esa ansiada casta de políticos
que sean reales servidores públicos y no que vean, en la cuestión
pública, una oportunidad de servirse así mismos y a los suyos a costa de
todos y cada uno de nosotros. Porque a la postre la actual clase
política, quienes ocupan cargos de representación popular, ha demostrado
ser mucho más letal, e indolente, que el COVID-19, el virus Sincicial y
la Influenza juntos.