El desconfinamiento pandémico

Casi cinco meses de
continua alusión al desastre socio-económico que produce la actual
pandemia, ha generado una normalización exótica del concepto en sí mismo
y, quizás lo más delicado, de las secuelas que ella conlleva (muerte) y
provoca (hambre). La información sobre la crisis sanitaria se ha
combinado con las referencias, cada vez más recurrentes, a ejemplos y
situaciones que demuestran cómo, históricamente, hemos estado apoyando
una lamentable disfuncionalidad de nuestras sociedades modernas, reflejo
y síntoma de
una
profunda insatisfacción de supuestas necesidades humanas fundamentales,
y que ha vuelto a poner una vez más en un primer plano, la
multiplicidad de factores que tienen que ver realmente con el bienestar
del individuo y de la sociedad. Lo dicho no constituye ninguna novedad
en tanto ha sido el reclamo que, por generaciones, se viene planteando
ante la esquiva y global manera de generar desarrollo y crecimiento, con
modelos que hacen cada vez más inestables las relaciones de grupos,
dificultando así su cordial y fraterna integración.

Con
razones justificadas en padecimientos concretos y no sólo de salud, un
gran sector de la población confía en el llamado “desconfinamiento” para
lograr superar la pesada incertidumbre que provoca no sólo la
posibilidad de perder la batalla viral, sino que también la necesidad de
sobrevivir social y económicamente. Las experiencias que ya se observan
en varios países, muestran que estamos apuntando rápidamente a un
cierto retorno de situaciones y esquemas pre-pandemia, quizás producto
de nuestra ancestral visión, aunque cortoplacista, de una normalidad
basada en el consumo y como esencia para el bienestar individual y
colectivo. Sin dudas, con ello se reestablece el orden y las necesidades
vuelven a ser satisfechas. Sin embargo, los ejemplos que se multiplican
acerca del modo como los distintos sectores sociales están enfrentando
la realidad sanitaria y sus derivadas, hablan consistentemente de
solidaridad sin límites, de que es posible modificar significativamente
los hábitos de consumo, de que existen posibilidades cooperativas de
desarrollo y que, además, hay soluciones locales, a toda escala posible,
para los problemas globales. Ello ha permitido recuperar, en gran
medida, el sentido esencialmente humanista de la autoestima, la dignidad
y la confianza, puestas en peligro ante nuestra incapacidad natural de
superar sin ayuda, las posibilidades de un corte final a la existencia
que, en este caso y paradójicamente, nos ha puesto un virus. Entonces,
no están fuera del razonamiento humano aquellas condiciones básicas que
permiten la readecuación del hombre uni
dimensional
al que nos hemos transformado y, al mismo tiempo, permiten superar la
anomia cultural que, en conjunto, hemos ido construyendo. Ambas condicio
nantes
hablan de sociedades que sufren por la supremacía de reglas que
promueven el aislamiento o el pillaje más que la cooperación. En época
de desconfinamiento, es evidente la necesidad de mayor aceptación de la
diversidad y la cada vez más urgente re-instalación de principios éticos
capaces de formar hombres buenos y de honor, con un código conductual
basado en el diálogo, la fraternidad, la t
olerancia, la solidaridad, la prudencia y la rectitud.

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