El holandés errante

Es
un hecho que a raíz de la situación que afecta a el mundo se requiere
más que nunca, en este mundo globalizado por una pandemia que ha sido
capaz de cruzar todas las fronteras, la primera tentación es tratar de
enfrentar el problema en forma muy localista y doméstica, cuando ya es
un consenso que no saldremos de este impasse sanitario-económico, si no
se logra tener  cooperación, entendimiento y amplia colaboración con
otros países, no solo con los fronterizos sino que también con todos los
países del mundo. También es un común denominador que necesitamos más
creatividad, información e inspiración en aras de soluciones que puedan
ser implementadas simultáneamente.

Los
nacionalismos populistas trasnochados, no serán capaces de dar cuenta
de los desafíos que esperan al mundo, y del cual el coronavirus quizás
sea solo la antesala, de problemas relacionados con el cambio climático,
la sequía y otros.

Pero
para poder tener una mirada amplia y global, necesariamente debemos
preocuparnos de mirar nuestros problemas domésticos, -esos que viene del
latín “domus” es decir “casa”-, con una perspectiva amplia, libre y
desapegada de mezquindades. De lo contrario, seguiremos perseverando en
nuestro círculo vicioso de solo encontrarle la razón en quienes piensan
igual que nosotros. La visión crítica, el reconocimiento de los
argumentos y de la razón del prójimo, también ayudan a construir
realidades sociales más justas e integradoras.

Pareciera
que el gobierno y algunos de sus más fieles seguidores fueran parte de
la tripulación del -“Holandés Errante”-, un barco fantasma, que según la
leyenda no pudo volver a puerto, siendo condenado a vagar para siempre
por los océanos del mundo. De lo contrario no se explicarían las
actitudes y dichos de algunas personas, que anunciaban un cataclismo,
social, político y financiero, si se aprobaba como medida única y
desesperada, la utilización de una parte ínfima de los fondos
previsionales, cuando el efecto real ha sido diametralmente el
contrario. Producto de la demanda agregada, la economía se ha
movilizado, algunas acciones han subido y lo más importante las personas
han podido en parte atenuar sus dificultades.

No
comprender la realidades grave, más aún cuando un Ministro de Economía
califica un día al país de bananero, y al otro se da vuelta la chaqueta,
para hablar de las bondades que significó la inicial cuestionada
medida. O cuando parlamentarios, ministros, políticos y técnicos afines
presagiaban el descalabro y el efecto real ha sido benéfico y
esperanzador.

Es
de esperar que el “Holandés errante”, solo siga presente en la
literatura y leyenda del capitán Willem van der Decken, quien hizo
un pacto con el diablo para poder navegar siempre por los mares sin
importar los retos naturales que pusiera Dios en su travesía. Pero
Dios, omnisciente, se entera de esto y en castigo lo condena a navegar
eternamente sin rumbo y sin tocar tierra. O bien en la ópera romántica
de tres actos, del músico alemán Richard Wagner, que compuso después de
haber navegado por tormentosos mares.

Pero,
ni de leyendas ni de óperas que tanto alimentan el espíritu, podremos
construirla casa de todos, un país que se reconozca así mismo y a su
gente, donde nadie sobre, donde reine la tolerancia, se construya y
consolide la democracia, si no tenemos una mirada desapegada de
prejuicios en vista al plebiscito de octubre ya una nueva carta
constitucional, que casi ya es un hecho de la realidad, la cual
necesariamente requerirá el consenso de mayorías que verdaderamente
practiquen la democracia.

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