Los medios de comunicación de manera extrema han profitado con el dolor mediático de una conocida influence de nuestra sociedad, quien sufre lo indecible por no poder ver, visitar, abrazar o consolar a su engrillado hijo, alojado en un centro de salud mental de nuestro país: Las Condes. Muchas personas han solidarizado sufriendo empáticamente con su situación, mientras otras se mofan. ¡Cuántas mujeres que han tenido una vida tranquila se han puesto en el lugar de ella y han llorado junto al televisor por su angustioso pesar! Han meditado sobre sus propias existencias imaginando que alguna pudo haber pasado lo mismo, pero que “Gracias a Dios criaron a sus hijos de manera normal”.
En este país, donde hay dobles estándares en todos los ámbitos, no pudo ser distinto este caso. El morbo influenció para que se apliquen medidas excepcionalísimas que ya se lo quisiera cualquier otro delincuente (entiéndase todo aquel que transgrede, al menos, una norma de conducta social). ¿Cuántas clínicas se pueden crear como centros alternativos de detención al del común de los chilenos? Sería un nuevo gran negocio.
Pero no nos alejemos del punto principal. La empatía que genera el llanto ante las cámaras, en entrevistas exclusivas, en los derechos de autor de un posible libro autobiográfico, no puede quedar ajeno de nuestro análisis. Que bueno es saber y reconocer que ante un hecho extraordinario (fuera de lo normal) hay una madre que sufre y que puede expresarse para que todos le vean y que sea noticia día a día y mañanas enteras en los nefastos matinales. ¿Cuántas fueron las madres que, de la noche a la mañana, un día determinado vieron irrumpir fuerzas policiales y llevarse a sus esposos, hijos o nietos, sin mediar órdenes, flagrancias o al menos faltas? ¿Sólo por pensar distinto? Ellas no pudieron golpear puertas para saber. ¿Cuántas madres sufrieron lo indecible al desconocer sus destinos, cuando muchas de ellas no le vieron irse engrillados, sino golpeados implacablemente por las culatas de sus aprehensores? ¿Cuántas madres quisieron morir, no por que estuvieran presos, sino porque desaparecieron o se los entregaron para darles sepultura? ¿Cuántas debieron levantarse y rehacer su violada intimidad y llorar en los brazos de los que quedaban?
Qué importante es la empatía que nos genera esta noticia cuando permite darnos cuenta de la importancia que se le da a este caso y el silencio cómplice de todos los que antes callaron, entre ellos el grupo que rodea a la misma afectada y que hoy son capaces de asomarse y solidarizar, como si de esa manera pudieran influir en la decisión de la justicia para declararlo “inocente” o al menos “inimputable”. Antes decían: “algo habrán hecho”.
Un país de blanco y negro y otro de colores es el que estamos a punto de entregar a las nuevas generaciones, donde la desigualdad de trato ya ni siquiera se cuestiona y donde los privilegiados tienen todo porque creen que son los reyes de la calle, del Instagram o el Facebook. Es el Chile que heredamos y que nos demuestra que se hace cada vez más necesario cambiar la Constitución Política que nos rige para hacerlo un poco más solidaria y equitativa.
Ojalá que los medios corten el chismorreo, elucubraciones y espacios y encuentren temas realmente serios para evitar nuevas muertes de mujeres, con menos psicópatas en las calles, tengan o no apellidos rimbombantes o de alcurnia.