El lobo del hombre

Con
frecuencia escuchamos o nos hacemos participes de críticas hacia los
políticos en general, muchas veces quizás con toda justificación por sus
actuaciones alejadas de la realidad. Esto desde luego tiene cierto
riesgo, porque inconscientemente con las generalizaciones estamos
contribuyendo a horadar esta noble vocación de servicio, tan necesaria
para sustentar un sistema democrático representativo. No todos los
políticos son tan malos, ni tampoco de acuerdo a la naturaleza humana,
no todos son tan buenos. Lo importante es que sean honestos, éticos y
consecuentes.
Normalmente nos indignamos con los políticos cuando,
como se dice coloquialmente, “meten la mano en el cajón” y se apropian
indebidamente de caudales públicos cometiendo una variedad de delitos
tipificados en el Código Penal. Aunque como ya hemos visto, esto es más
sofisticado en el caso de nuestro país, con una corrupción “chilean
style”, basada en un intricado sistema de tráfico de influencias, de
grupos influyentes que se protegen con favorecimientos especiales, como
nombramientos en directorios a autoridades que, hasta solo un breve
plazo anterior, tenían funciones fiscalizadoras en un sector determinado
de la economía. Así también el financiamiento de campañas políticas por
parte de importantes grupos de empresas, con el respectivo famoso
raspado de la olla, que después redundan en legislaciones monitoreadas y
prácticamente a pedido de las propias empresas con parlamentarios que
actúan como testaferros de estas, como el caso Corpesca. Pero la
opacidad se aprecia también en otros sectores, como el caso de los
jueces de la Corte de Apelaciones de Rancagua que fueron investigados
por tráfico de influencias en favor de familiares, a los que se agregan
las sentencias absolutorias de un médico, negociante de psicotrópicos y
de un narcotraficante. Pero sigamos sumando, porque también hay casos
que no son ilegales, pero tampoco son éticos y seguramente no pasarían
la prueba de la blancura de democracias maduras con las cuales nos
encanta compararnos, como el caso del secretario del Senado, que
mientras tenía a cargo indagatorias contra parlamentarios, postula al
cargo y es nombrado. Quizás sea la hora de no seguir mintiéndonos a
nosotros mismos. Chile es un país corrupto. El país austero y honrado de
nuestros padres ya no existe. Ahora la plata manda y las redes de
corrupción comienzan por los empresarios, pero se extienden a los
políticos, carabineros, militares y están destruyendo todas nuestras
instituciones. En resumen, en la vida cotidiana se van imponiendo los
tramposos. Muchos casos, anunciados al inicio de la investigación con
bombos y platillos, al final quedan en nada. Pero finalmente las
sociedades mejoran con la sumatoria de buenos comportamientos personales
de sus ciudadanos, los cuales se van consolidando, haciendo costumbre y
obligan a sus dirigentes a corresponder a ellos. Pero, ¿qué sucede
cuando son los ciudadanos los que tienen comportamientos poco
ejemplares? El egoísmo, la falta de solidaridad y la especulación sin
límites, sumados al desinterés por el prójimo, son el caldo de cultivo
de las peores enfermedades sociales, frente a los cuales cualquier virus
puede resultar inofensivo si se observa con una perspectiva de largo
plazo. No respetar a los demás, estacionarse en lugares reservados para
personas con capacidad disminuida o mujeres embarazadas, botar basura en
la vía pública, estacionarse sobre una vereda, no ceder el paso a un
peatón, saltarse la fila y otras actitudes que se revelan en cada abuso
cometido contra nuestros vecinos o tratos indignamente que desconocen la
propia humanidad que compartimos, constituyen pequeños gérmenes de
conductas individuales, que dan lugar a otras más reprochables. Cabe
recordar al filósofo inglés Thomas Hobbes en el Siglo XVII, en su
primera obra “Sobre el ciudadano”, que popularizó la frase “homo homini
lupus”, que significa “el hombre es el lobo del hombre” o “el hombre es
un lobo para el hombre”.

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