Schopenhauer
decía que el mal tiene un punto de partida incontestable: nosotros
mismos. Forma parte de nuestra naturaleza como lo hacen el amor, la
violencia o el deseo. El alma humana es lo suficientemente grande como
para albergar todos esos extremos.
El
mal nos sobrecoge, nos conmueve, nos revuelve, nos asombra, nos asquea
hasta la náusea, nos repugna, nos llena de rabia. Nos resulta imposible
entenderlo. Pero existe. El mal es un fenómeno que siempre ha llamado la
atención de la humanidad.
El
ser humano siempre ha sentido una buena dosis de atracción por el mal.
Ya sea por su condición de prohibido, o por la dificultad y el reto que
supone explicar aquello que parece inexplicable, el mal siempre ha
llamado la atención de la humanidad. Incluso nos ha llevado al interés
casi morboso por sus casos más execrables. Como sociedad, llegamos a
sentir cierta fascinación por los malvados. Mucho antes de que los
medios de comunicación de masas repitieran mensajes, informes y datospor
doquier, los hombres y mujeres que poblaban la tierra se sentían
llamados a investigar este fenómeno.
“¿Es
usted un demonio? Soy un hombre. Y por tanto tengo dentro de mí todos
los demonios” Gilbert Keith Chesterton, (escritor británico).
No
fue el único. Friedrich Nietzsche iba un paso más allá y ponía el
origen del mal no sólo en el ser humano, sino en la propia naturaleza.
El mal está en todas partes, en todas las especies. No se trata de una
malformación, ni de algo circunstancial. El mal no es un accidente.
Forma parte del todo y la prueba está en que, si uno observa la
naturaleza, puede ver que hay maldad en todos los ámbitos, de la misma
manera que hay bondad.
¿Fruto
de la ignorancia? No han sido las únicas aproximaciones al mal que
conocemos y hemos visto en la filosofía. Uno de los primeros en analizar
este fenómeno fue Sócrates. Como se desprende de los Diálogos de
Platón, el maestro griego atribuía el mal a la ignorancia. Es decir, que
los humanos somos malvados por la sencilla razón de que no conocemos
qué es el bien y cómo hemos de actuar para vivir conforme a él. El
malvado no sería tal si tuviera verdadero conocimiento de su error. Si
fuera consciente de que vivir éticamente es la mejor manera de vivir, la
más feliz, no optaría por la maldad.