El planeta de las pandemias

Las
pandemias han sido hechos recurrentes en la breve historia de la
civilización judeo-cristiana de nuestro planeta Tierra, prácticamente
todas ocasionadas por formas virales o bacterianas. Un denominador común
en estas crisis fuertemente disruptivas y catastróficas para la
población humana a lo largo de dos mil o más años de registros
históricos, es la profunda incertidumbre y miedo que genera la
invisibilidad del causante y la consecuente, tal vez aparente,
incapacidad para solucionar de manera rápida y efectiva los dramas que
emergen en el plano de la salud y, a continuación, en el del no menos
importante plano de la economía. Ambos planos, se sobreponen, se mezclan
y, en la confusión resultante, generan monumentales desafíos de
sobrevivencia y de confort que ni las redes sociales, ni la educación ni
la sensibilidad global emergente, han podido solucionar en cada
episodio pandémico. Las respuestas a los desafíos que impone la
incertidumbre desde siempre han estado acompañadas de iniciativas
individuales y colectivas, que implican un inevitable regreso al sitio
de la exclusión y al núcleo de la soledad. Un recurrente regreso a lo
indispensable y esencialmente humano, que es capaz de generar por sí
solo, dosis extraordinarias de valor, honor, solidaridad y sacrificio.
Sin embargo, el aislamiento y la llamada “distancia social”, siendo
sustitutos preliminares y pasajeros de las vacunas, no podrán impedir
que volvamos a recorrer el camino hacia el sitial de supremacía, al cual
seguimos optando pese a las claras enseñanzas de los sucesos pandémicos
del pasado y que parecieran no quedar registrados en la memoria
colectiva, en la praxis política o en los modelos de desarrollo. No
estamos lejos de volver una vez más a lo que pensadores occidentales
pre-pandemia denominaban una “Cultura del Determinismo”, en la cual se
asume que los individuos están modelados y movidos por unas fuerzas
biológicas o sociales que, en lo esencial, están fuera de control de los
individuos a quienes afectan, los que tampoco tienen la posibilidad de
hacer elecciones importantes al respecto, con el consiguiente peligro de
llegar a constituir una cultura profundamente antidemocrática de
ignorancia fabricada y de indiferencia social. En ella no habría cabida
para los sentimientos permanentes que afloran cuando se nos hace
evidente la importancia que tiene la compañía humana y la solidaridad de
todos. Sin embargo, es lo que nos ha salvado históricamente, lo que nos
mantiene como especie y lo que genera una posibilidad de futuro no tan
sólo para los viejos de hoy, sino que, además para los jóvenes de
mañana. Aquí toma relevancia el llamado solidario y humanista de la Gran
Logia de Chile hecho en su declaración pública de abril de 2020, dentro
de la cual señala que “Estamos conscientes que vendrán tiempos más
difíciles; frente a lo cual pedimos más solidaridad y más humanismo, y a
nuestras autoridades el mayor sentido de urgencia. Es un deber
humanitario de las personas, sobre todo de las que tienen más, y del
Estado, apoyar a quienes enfrentan necesidades apremiantes tan vitales
como la salud; un apoyo que no debe terminar hasta que podamos devolver
su dignidad a todos quienes están o estarán afectados”.

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