El predecible solsticio de fin de año

Dentro de los fenómenos naturales que tienen implicancias profundas en numerosos aspectos del desarrollo de las costumbres y creencias de los distintos modelos de sociedad humana, incluyendo la de los puebles originarios, están los denominados Solsticios de invierno y de verano. En el caso de nuestro hemisferio sur, hace exactamente una semana ocurrió el Solsticio de Verano, el cual se celebró una vez más por toda su expresión conectiva entre los procesos a escala astronómica y aquellos que ocurren a escala humana. Para muchas personas, el fenómeno no hace sino resaltar y recordar, lo inseparable que resulta el dominio de la naturaleza en la cual vivimos y las demás partes constituyentes del gran sistema universal en el cual estamos insertos. En este contexto universal, la incertidumbre sobre el futuro ha sido y es un componente de primera línea y quizás allí subyace la necesidad humana de una búsqueda, e incluso de creación, de referentes personales y colectivos, que nos den cierta seguridad de permanencia, de estabilidad e incluso de esperanza para reducir todas nuestras aprensiones. Es curioso que esta estrategia cultural, adoptada en determinados sectores por fuertes presiones dogmáticas, haya generado un modelo de convivencia humana que algunos ya describen como una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido, que nos incentiva y predispone a actuar de manera egocéntrica y materialista, a cambio de otra que se había constituido en función del aprendizaje y de la acumulación compartible de experiencias. Desde una mira masónica, el Solsticio de Verano no es la mera reminiscencia de un rito ancestral de adoración solar, sino que recuerda la existencia de un sistema universal, armónico, en equilibrio dinámico, de mecanismos múltiples y complejos de todo lo que, con nuestra limitación humana, describimos como “Universo-Tierra-Hombre”. Inserto dentro de un concepto de ciclo eterno, el Solsticio de Verano es parte culminante de un continuo entre la noche temprana y el imperio del día más largo, suceso que se repite desde el pasado remoto y hacia el infinito incógnito, como resultado de movimientos que despliega el Universo y nuestro sistema solar. La aparente detención del orbitar terrestre alrededor del sol en este verano, implica el obligado y secular retorno a la expresión fría y oscura del ciclo para, una vez logrado, reiniciar la voluntad de la naturaleza por diversas condiciones para la vida. Representa así, un momento especial en que lo promisorio se puede manifestar con generosidad en los espíritus que, pródigamente, expresan sus manifestaciones deseosas hacia el prójimo, en un ambiente en que debiera imponerse la paz y la reciprocidad. En momentos en que, como sociedad chilena, parte de un conjunto amplio y diverso de opciones y ambiciones planetarias, estamos en un punto de alta incertidumbre que no permite predecir con claridad el inicio o término de un ciclo, resulta pertinente detener un breve instante, nuestras lógicas, razonables y válidas esperanzas para que la formidable luz del Solsticio de Verano reduzca las sombras y nos permita ver los principios positivos, de creación, de belleza y de progreso, que deriven hacia la construcción de un ciclo más valioso que el anterior. Al fin y al cabo, ser humano es estar en un proceso permanente de devenir, de inventarnos y reinventarnos dentro de una deriva histórica, incluso en nuestro mundo tan poco predecible.

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