Desentrañar las motivaciones de un votante cualquiera, de cara al plebiscito del domingo próximo, no es tarea fácil, por no decir imposible. Votará tal o cual alternativa dependiendo de su historia de vida, de sus proyecciones de futuro, de su situación actual, de su entorno familiar, de si ha progresado o no materialmente en relación a sus padres, de la educación que ha podido obtener o procurarse, en fin, son tantas las variables como la psiquis humana lo permite. Pero una cosa son las razones para votar en un sentido, y otra cosa diversa son las emociones, los odios y las filias, el grado de satisfacción personal e íntima con la vida que lleva, la esperanza o desesperanza frente al devenir. De esta manera, algunos se afincarán en las razones para tomar su decisión y otros, en las emociones que le provocan elegir.
La mayoría de los promotores del apruebo, antes que aludir a razones técnicas y objetivas, más que fijarse en cuán costoso sería un proceso para llegar a una Constitución distinta, con todo lo injusto que es restar recursos a los más necesitados, o si las actuales normas constitucionales son adecuadas o no, agitan las emociones de los votantes, revuelven el pozo profundo de los odios y rencores, y con lacrimógenas palabras, apelan al sentimiento de las personas que vulnerables por la vida que les ha tocado vivir, o permeables al halago, dejan a la emoción un voto sobre normas constitucionales.
Por eso hemos escuchado de parte de los defensores del apruebo a otra constitución, tantas referencias a “la casa común”, a “un nuevo Chile”, a “dejar atrás la dictadura”, al mismísimo Pinochet, a que “todos seamos iguales”, referencias a la “dignidad”, a “nunca más abusos”, a que “la derecha no quiere cambios”, denuestos a “los ricos”, y a un sinnúmero de conceptos vagos e imprecisos respecto de los cuales quizás muchos coincidimos, pero que en estricto rigor no dicen relación con un análisis de normas constitucionales que por su complejidad, requieren meditarlas en profundidad y en un ambiente de serena reflexión.
Se dirá que el destino de los países se conduce por las emociones que en un momento histórico existía en un pueblo, que los llevó a tomar tal o cual decisión. Pero al hacerlo así, el país queda encadenado a la subjetividad propia de las emociones, con todo lo peligroso que conlleva tomar decisiones basados en emociones. En la historia hay tantos ejemplos de pueblos conducidos por líderes que apelaron a sentimientos patrios, a luchar contra los ricos, a la dignidad, tal como se hizo en la Alemania nazi, en la Rusia leninista, en la Venezuela chavista, en la Cuba castrista, en el Chile de la Unidad Popular. Pueblos a quienes les insuflaron rencores e ideas paradisíacas para obtener su voluntad, pues de otra manera, les hubiera sido imposible lograrla.
Se vende además como la gran idea el que tendríamos en Chile una Constitución redactada en democracia, lo que la haría legítima por ese sólo hecho, como si la legitimidad fuera la bala de plata que hará cambiar nuestro país. Una vez más palabras gaseosas, pues la ciudadanía requiere cambios sólo en algunos aspectos de su vida, como la salud, educación y pensiones, para nombrar los más acuciantes. Frente a esas inquietudes, que la elite promotora del apruebo fue incapaz de solucionar cuando gobernó por 24 años, ahora ofrece como respuesta, la legitimidad. Ya nos damos cuenta que frente a los problemas de los ciudadanos, la elite política responde que la solución es la legitimidad constitucional. Rechacemos con energía a los Copperfield de la política chilena.