En
1973, nuestra Patria enfrentaba la peor crisis política, social y
económica que ha vivido, producto principalmente del intento totalitario
de la Unidad Popular, bajo el gobierno de Salvador Allende, que nos
puso al borde de una guerra civil.
No lo digo yo. Lo decía el “loco”
Altamirano y lo pregonaba El Clarín, el pasquín extremista que todos
conocimos pero muchos olvidaron. Se produce el Pronunciamiento Militar
del 11 de Septiembre de 1973, ante las decisiones del Congreso Nacional,
del Poder Judicial, la Contraloría de la República y el clamor de
mujeres, jóvenes y trabajadores que, en las calles enfrentamos a las
brigadas paramilitares de la izquierda.
Comienza aquel día, una cruzada
de recuperación política, social y económica de nuestra Patria, con un
desafío fundacional que progresivamente al transcurrir las décadas
venideras, harían que este país que durante siglos se había mantenido en
el subdesarrollo, comenzara a acercarse al desarrollo, lo cual se
estuvo muy cerca de concretar hacia finales del siglo XX y notoriamente
en las primeras décadas del siglo actual.
El camino recorrido significó
superar grandes crisis económicas mundiales en los setenta y los
ochenta, y también durante la primera década del siglo actual. Significó
superar una pobreza dura y marginalidad social, graves problemas de
calidad de vida en educación, vivienda, trabajo, acceso a saneamiento
básico, y por supuesto, comenzar a alcanzar las bondades materiales que
trae el desarrollo. Se inició la regionalización, se realizaron grandes
reformas en educación, salud, trabajo, inversiones públicas,
incorporación de territorios aislados y creación de polos de desarrollo
en diferentes zonas, siendo las primeras beneficiadas Iquique, Curicó y
Puerto Montt. Avanzamos en alfabetización, acceso en salud, disminución
notoria de indicadores de mortalidad, equiparándonos con países
desarrollados, inversiones y aumento significativo del gasto público en
salud y en educación.
Las personas comenzaron a ver vehículos en las
poblaciones, a tener televisores y electrodomésticos donde antes no
existía o no se podía tener. También debimos superar (o por lo menos
intentar desde nuestro lado) la odiosidad política que nos había puesto
al borde de la guerra civil. Lo anterior, iniciado a finales de 1973, se
extendió varios años con las variaciones que una democracia sana
permite y que van de la mano de las mayores o menores características
que líneas políticas antagónica pero no enemigas, son capaces de crear
dentro del juego democrático.
Así, avanzamos hasta inicios de la década
del 2010, para dar inicio a la destrucción de lo alcanzado. Se produce
primero un cambio significativo en lo político (cambios al sistema
binominal), lo cual desencadena la proliferación de partidos y
“partiduchos”, con elección de personas con mínimas votaciones,
generando el clásico “quien da más” del populismo y, también la habitual
misión del marxismo, ya sea en su vertiente tradicional como en las
enmarcadas en el neo-marxismo, que en definitiva se ponen como meta, la
“destrucción del modelo”.
Durante progresivos 9 años, se logra la misión
de la “destrucción” de lo alcanzado y lo lamentable es que aquello no
se logra por una mayoría significativa sino que por una minoría
violenta, terrorista y anárquica, que cuenta con la protección por
acción u omisión de toda la estructura democrática, llámese poder
judicial, poder legislativo, por supuesto el poder ejecutivo de Piñera y
Bachelet 2 y, sin dudas por el poder de las comunicaciones. Llegamos
entonces a quedar “en blanco”. No por la metáfora de la hoja en blanco,
sino porque en un país sin gobernabilidad, sin autoridad respetada, sin
población respetuosa, sin consciencia del enorme daño social que se ha
provocado, sin comprensión de la destrucción del futuro porque hoy se
han comprometido los recursos que lo hacían posible, sin institución
alguna que sea la “reserva moral de la Patria”, son los violentistas y
los anárquicos quienes marcan la pauta del devenir.
Ya no vale que
seamos una de las mejores democracias del mundo y por supuesto del
barrio, como lo informa un estudio reciente de los suecos. Nada sirve,
porque no tenemos liderazgos, porque no tenemos un futuro mejor, sino
que una creciente lista de viejito pascuero para la constitución que se
escribirá, porque no tenemos Gobierno, porque no tenemos Parlamento, no
tenemos Justicia y cada cual cree ser el poseedor de la verdad.
Exactamente. Nos quedamos en blanco. Lamentablemente.