Nuestro
lema nacional, ”Por la razón o la Fuerza”, ha sido siempre
controvertido. Cuando Unamuno visitó Chile y lo observó, dijo estaba mal
porque debía ser “Por la razón, siempre por la razón. ”La ley y el
Derecho son categorías de la razón”, diría Kant.
Es un hecho irredarguible que la pandemia del coronavirus además de
destruir la economía, produce hambre y miedo en la población. No
obstante la salida del ministro Mañalich por una maniobra política de
largo aviso, el numero promedio de contagios y muertes no baja, las
cuarentenas al menos en Santiago no surten efectos por dos razones: la
gente necesita trabajar en algo para tener dinero al menos para comer, y
esa necesidad supera incluso al miedo a la muerte de esta infeccion
global. Y en segundo termino, por la anomia generalizada imperante ,en
que la ley parece objeto de degustación gastronómica, su acatamiento ni
decir respeto, depende exclusivamente de la voluntad de quienes afecta.
En un país en que se pretende cambiar la constitución no parece ya
necesario cumplirla, así que hasta la presidente del senado dice
prefiere pasar sobre ella, y si la constitución no vale, pierde valor la
ley común, los decretos, reglamentos, por cierto los contratos y todas
las obligaciones cualquiera sea su fuente. Somos el único país del mundo
parece, un que los derechos no tienen una obligación correlativa.
En esta situación, ¿puede extrañar que las medidas sanitarias no se
cumplan y tengamos ya la tasa de contagios a nivel mundial? En absoluto.
Y esto no depende del ministro tal o cual, es responsabilidad de
décadas de la clase política y consecuencia de que en Chile coexisten
varios países, diversas concepciones culturales y de vida incluso, y
nadie parece entenderlo. Pese al supuesto idioma común, en realidad no
lo es. Las regiones son mundos aparte que no tienen cabida real. Las
diferencias sociales son mas que nada culturales ,hasta la música que se
escucha es distinta según los sectores. No, no somos un “ethos”, un
solo país, no remamos todos en la misma dirección con similares valores,
creencias y conceptos básicos que hacen a una nación.
Uno de estos elementos culturales básicos es nuestro concepto de ley o
norma que ya no es común ,agravado con el hecho innegable de miles de
extranjeros cuyas culturas simplemente no contienen los mismos elementos
jurídicos de la tradición jurídica chilena, que si existe aunque hoy no
se cumpla. Mientras algunos creemos que el Derecho, como orden
normativo es imprescindible a la convivencia ordenada y civilizada,
otros creen que es un concepto que debe ser destruido, o simplemente
burlado en cualquier forma. Un país sin estima de la ley, esta condenado
a la anarquía y al fracaso, esa es la realidad que enfrentamos hoy.
A través del miedo y del hambre es que la fotografía nacional nos
muestra hoy un Estado socialista, porque la economía esta en caída
libre, millones dependen del Estado para sobrevivir, y mas encima la
clase política quiere cambiar el orden institucional partiendo por la
constitución. Y no le importa gastarse una fortuna para ello mientras en
las calles impera el hambre y la delincuencia que siempre se incrementa
en estos casos. La revolución iniciada en Octubre se acopla así al
nuevo orden mundial que la promueve y se nutre de la pandemia, y
convirtió a Chile en un mero territorio. Nada se saca con endurecer
penas si son miles los que no cumplen, ni con acordar recursos si la
burocracia estatal y bancaria ya han demostrado ser ineficaces de
entregar rápido a quienes necesitan. Y de evitar la corrupción como de
funcionarios que se roban cajas de alimentos, so pasa en Williams y en
todo el país no seamos ingenuos.
Se están dando los pasos seguros a consolidar un modelo estatista de
pobreza permanente, con nuevos impuestos y la desaparición del sueño de
alcanzar el desarrollo, pero peor aun, estamos desintegrándonos como
Estado-Nación ,perdiendo libertades y arriesgando además parte vital de
nuestro territorio de nuevo frente a Argentina. Pero entre el miedo y el
hambre todo pasa inadvertido. Triste espectáculo y triste futuro, sin
espacio ni para la razón del Derecho ni para la fuerza que una vez
tuvimos y perdimos.