“Piñera
gana las elecciones presidenciales con una diferencia clara de nueve
puntos”. Este era el principal titular en medios, nacionales y
extranjeros, en diciembre de2017. En esa segunda vuelta, frente al
entonces candidato y actual senador Alejandro Guillier, el Presidente
Sebastián Piñera le propinaba una derrota histórica (54,5% a 45,4%) a la
centro izquierda logrando un hito para la centroderecha: por primera
vez, desde el retorno a la democracia, la coalición lograba llegar a la
Presidencia y, de paso, Piñera lograba empatar el hito de Michelle
Bachelet al colgarse, por segunda ocasión, la banda presidencial. En
este escenario, con una oposición desdibujada y un oficialismo pujante,
la pregunta era tanto obvia como, a esas alturas, casi ridícula: ¿Qué
podía salir mal? Estaban todas las condiciones para pensar la
posibilidad cierta de que incluso, y en lo que suponía un hito
histórico, un gobierno de Derecha entregara la posta del Ejecutivo a
alguien de sus filas, en las presidenciales de 2021,rememorando lo hecho
por la Concertación en su minuto. Y hablo en pasado porque, a partir de
lo ocurrido en estos tres años de mandato, esa opción es tanto o más
líquida que el actual escenario político.
Lo
que uno podía esperar era que Piñera y sus equipos hubieran aprendido,
especialmente de sus errores, y obtenido lecciones de su primera
experiencia. Pero desde el comienzo eso comenzó a encender diversas
señales de alerta que presagiaban un escenario nada de optimista:
renuncias de personas en cargos que ni siquiera alcanzaron a asumir sus
cargos, insatisfacción de las huestes oficialistas en la repartición de
cargos públicos y esa idea absurda de gobernar escuchando sólo a sus
más cercanos hicieron que los dos primeros años de gobierno fueran una
seguidilla de errores no forzados y autogoles donde, al igual que en
Piñera I, el mayor adversario del gobierno ha sido el mismo oficialismo
mientras, quienes debieran asumir el rol de oposición, seguían a la
deriva intentando dilucidar las razones que los llevaron a una derrota
electoral histórica.
Y
si bien el inicio del segundo gobierno de Piñera estuvo marcado por
intentar darle una épica “Aylwiniana” a su mandato, tras el desastre que
significó el gobierno de Bachelet II encarnado en la Nueva Mayoría, lo
cierto es que, con el paso del tiempo, el discurso se fue derechizando
antes señales inequívocas de pérdida de influencia en ese sector y la
arremetida de un conservadurismo nacionalista focalizado en el ex
candidato presidencial y actual líder del partido Republicano, José
Antonio Kast. Y aun cuando el anhelo de Piñera siempre ha sido encarnar
el liderazgo del centro político, en una especie de centro político
moderno y liberal, lo claro es que terminó por sucumbir ante el temor de
perder injerencia en parte de su base electoral dejando atrás, por
ejemplo, el ideario de abrirse a una opción de centro encarnada por los
ex Ciudadanos, liderados por Sebastián Sichel, y el Evópoli de Felipe
Kast que, dicho sea, ha terminado siendo, además del partido más cercano
a Piñera dentro del oficialismo, una suerte de “juventud UDI” con un
alto índice de militancia inclinada a la diversidad sexual. Al camino,
por cierto, le salió un Mario Desbordes quien, aun cuando no sea del
gusto de la elite de RN, ha sido capaz de construir una base de
militantes fuertes y alineados a su figura que bien podría servirle como
trampolín para aspirar al sillón Presidencial, pero, antes de correr
este maratón, Desbordes debe aprender a caminar. En medio de todo este
desorden, qué duda cabe, la UDI (al igual que en Piñera I) se ha sumido
en el vaivén del amor y del odio a la figura del Presidente. A ratos
amigable, a ratos adversaria, lo cierto es que toda esta incapacidad
política se ha traducido, por ejemplo, en una doble derrota política en
el Congreso en el marco de la discusión respecto al retiro del 10% de
los fondos de pensiones. Sin dudas esto, más allá del hito
ciudadano-social, es
el ejemplo concreto que grafica la debilidad política del oficialismo,
evidenciando además el desgaste del mandatario incapaz de liderar,
ordenar y alinear a sus parlamentarios para que respalden la posición
del Ejecutivo. Como bien lo afirma la cadena alemana Deutsche Welle
pareciera que “Piñera sigue en su puesto, pero ya renunció a gobernar”.
Pareciera
que el gobierno nunca se logró recuperar de lo ocurrido el 18 de
octubre de 2019.Ese día, que ciertamente marcó un antes y un después
para la hoja de ruta oficialista, comenzó esta suerte de travesía por el
desierto donde la debilidad política de Piñera es olfateada, cual aves
carroñeras, no sólo por la oposición sino también por liderazgos de su
sector que apuntan a que el gobierno (como tal) ha concluido y es
momento de comenzar a erigir nuevos liderazgos. Lo anterior, qué duda
cabe, nos remonta a aquella cita donde Piñera, consultado por cómo vivió
el estallido social, respondió: “Experimenté lo que se llama la soledad
del poder”. Pues bien: en efecto estamos ante un Piñera más desgastado,
cansado, sólo y donde tanto sus votantes como partidos políticos
comienzan a abandonar paulatinamente. En tanto, el Presidente intenta,
infructuosamente, refugiarse en sus cercanos, en su círculo de hierro
intentando, en el mejor de los casos, comprender en qué momento perdió
el rumbo y todo aquello por lo cual luchó, considerando que Piñera no
tiene, al menos económicamente, ninguna necesidad de vivir el desgaste
que conlleva el poder.
¿En
qué minuto esa figura que triunfó con un 54% de los votos terminó
cayendo incluso a un histórico6% de aprobación? ¿Habrá sido la pandemia?
¿El Estallido? ¿La arrogancia? ¿La incapacidad de administrar poder y
gobernar “con los mejores” tal y como fue su promesa de campaña? Sin
dudas las interrogantes son muchas y es de esperar que el Presidente logre finalizar su mandato. El devenir de Chile no será sencillo, mucho menos auspicioso.
Quienes
creemos, valoramos y respetamos nuestra nación debemos aspirar a que el
Presidente, electo democráticamente, pueda concluir su período
presidencial. No obstante, también dependerá del ahínco y compromiso,
especialmente de la empatía y capacidad de escucha, que tenga tanto el
mandatario como sus equipos. En estos momentos vivimos una especie de
“tensa calma” (como les encanta afirmar a periodistas de medios) y la
olla a presión, para un denominado “estallido 2.0”, pareciera esta
puesta a fuego lento. Como sea, lo importante es entender que los
Presidentes pasan, pero el país queda y nos pertenece a todos y cada uno
de nosotros: la ciudadanía tendrá, una vez más, la última palabra.