Si
algo bueno ha traído consigo (en lo posible) la pandemia Covid-19, o
conocida también “Coronavirus”, es el sentido de comunidad. Porque
previo al actual escenario que estamos viviendo, incluso con
movilización social mediante, las chilenas y chilenos estábamos insertos
en el más profundo individualismo, indiferencia e indolencia. Y si bien
lo ocurrido el 18 de octubre de 2019 marcó un antes y un después para
nuestra nación, lo cierto es que ha sido esta pandemia la que nos ha
llevado a instancias y espacios de reflexión que van más allá del yo y
que ponen a prueba nuestra humanidad y sentido de comunidad.
El
encierro y el cambio en nuestros hábitos de comportamiento social han
dado paso a una observación social no menos relevante: qué tipo de
sociedad, qué tipo de país estamos construyendo y proyectando tanto en
el presente como futuro. Ciertamente estas modificaciones a nuestra
cotidianeidad no serán implementadas por todas y por todos, ya que
siempre existirán personas indiferentes, con escasa o nula empatía y ni
hablar del sentido común. Este último, dicho sea, a la postre termina
siendo el menos “común” de todos los sentidos. Pero quizás, y a raíz de
lo que globalmente estamos viviendo, sea también una oportunidad para
estar atentos a estas señales que nos permitan recuperar el sentido de
aprender a vivir, desde nuestra individualidad, con otros. Precisamente
aquí cobran valor conceptos tales como generosidad, empatía, tolerancia,
respeto y diversidad. Si miramos los dedos de nuestras manos veremos
que ninguno es igual al otro: lo mismo ocurre con
las personas, con las realidades del territorio, con las urgencias
sociales, con las ideologías políticas, con las familias, con los
empleos e incluso con la economía.
Aprender
a vivir en comunidad implica, por ejemplo, que contamos con elementos
comunes (a pesar de nuestras diferencias) tales como el idioma,
costumbres, valores y ubicación geográfica, entre otros. Vivir en
comunidad implica la creación de una identidad común, compartida y
elaborada mediante la socialización. Las comunidades se unen bajo la
necesidad o mejora de un objetivo común. Para ello se establecen algunas
normas de convivencias tales como, por ejemplo: saludar a los vecinos,
cuidar los espacios compartidos, moderar los ruidos (especialmente en
horas de la noche), dialogar y escuchar, actitudes constructivas para
afrontar los problemas, respeto por el trabajo del otro y aprender a
cultivar las relaciones interpersonales. Si bien todo lo
anterior parece obvio lo cierto es que bien cabe preguntarnos: ¿Cuándo
fue la última vez que salude, o pregunté “cómo están” a mis vecinos? ¿A
mis compañeros de trabajo? ¿A mis amistades? ¿Alguna vez me ha
preocupado otro que no sea yo? ¿Alguna vez me he hecho cargo de personas
en situación de calle o de quienes viven en contextos de alta
vulnerabilidad?
Sin
dudas que estamos viviendo un momento de cambio y transformación, tanto
humana como social. Estamos una posibilidad de ser mejores individuos
capaces de entender que no estamos solos en una isla, sino que rodeados
de otras personas, de seres vivos. El rol que queramos desempeñar en
este contexto dependerá también del lado de la historia del cual
queramos estar: de aquellos que entendieron las señales y evolucionaron
para aportar – contribuir o de aquellos que prefirieron quedarse en las
mismas vidas y actitudes de costumbre. Ambas, por cierto, son
alternativas válidas y ninguna es mejor que otra, toda vez que la
elección está en sus manos y depende única y exclusivamente de usted.
Porque aquí no es sólo el Gobierno y sus Ministros por sí mismos, o la
oposición, los empresarios o las organizaciones sociales. Aquí, todas y
todos, somos protagonistas consientes del Chile que queremos vivir y
legar para las próximas generaciones.