Al
conversar con muchas personas, se percibe el miedo por la dura realidad
que enfrentamos. Ayuda al temor generalizado, el que los medios y las
redes sociales muestren en tiempo real, las estadísticas de tantos
fallecidos, contagiados y por contagiarse, y detallen la pavorosa
muerte de quienes caen en la garras del virus de la infamia. Bajo estas
circunstancias, es fácil y comprensible ser presa de la desesperación,
de la angustia, de la desesperanza.
Condimenta
este panorama, expresiones y gestos patibularios de quienes in pectore,
desean el hundimiento de toda gestión pública para usarlas como armas
arrojadizas al gobierno. Agoreros de la desgracia, paladines de las
malas noticias, que prodigiosamente convierten las buenas nuevas en
fracasos y errores, escudriñando esa cifra o palabra que les desagrada
para alardear que encontraron “la verdad”.
Y
pareciera que cualquier otro tema que no sea la emergencia sanitaria,
está relegado a ser una nimiedad, detalles dentro de la vida que se
piensa, puede escapar de un día para otro por habernos contagiado. El
futuro parece demasiado incierto, y el pasado, oh!, el pasado, un tiempo
más seguro.
En
momentos de zozobra, de mucha pena por algo que senos fue, es
iluminador recordar las palabras de Rabindranath Tagore: “No llores
porque el sol se oculta, que las lágrimas no te dejarán ver las
estrellas”. Un futuro mejor está en ciernes, pero llegará en tanto a
nuestras mentes y corazones ya haya llegado. Contagiémonos del virus de
la esperanza; exiliemos el pavor, la angustia, porque no sólo somos
carne de la naturaleza, sino también espíritu, voluntad, arrojo,
potencia, que puestos en esta tierra, estamos destinados a prevalecer.
La
humanidad y nuestro país en particular, han derrotado o superado
calamidades más enormes que la actual. El ser humano ha sido capaz de
levantarse una y mil veces, porque la voluntad construye nuevas
realidades en épocas en que todo se ha derrumbado. En el tiempo que nos
ha tocado vivir, la esencia humana nos es diferente, por eso
sobreviviremos. No es momento de temor ni de arredrarnos ante un enemigo
que vuela por los aires y nos quiere impedir abrazarnos y entregarnos
cariño; mas por el contrario, nos quiere separar. El Amor y la Fe es el
arma que un virus no traspasa; firmes y adelante huestes de la fe, nos
dice un hermoso himno cristiano.
Es
evidente por otro lado que debemos cuidarnos con pulcritud, o mejor
dicho, autocuidarnos, porque entregar a otros mi propia sanidad, es a mi
juicio, peligroso. Que alguien nos diga cómo debemos salvar nuestra
salud, y nos dirija como incapaces de actuar conforme a nuestra propia
integridad, es el camino a la servidumbre que en nombre de un bien
mayor, nos ahogará e intentará despojarnos de nuestra dignidad. Sin
libertad, seremos rebaño dentro de una granja humana.
La
naturaleza y Dios nos han hecho libres, nos han dotado de libre
albedrío, es decir, de la capacidad para comprender el bien y el mal, y
de actuar en consecuencia eligiendo los efectos de nuestros actos. Y
porque estamos dotados intrínsecamente de libertad, también debemos
enfrentar con coraje y decisión los días futuros. Ya San Pablo declaró
al mundo: «Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de
energía, amor y buen juicio» (Segunda Carta a Timoteo 1,7).