De un tiempo a esta
parte nos vamos encontrando que numerosos funcionarios públicos aparte
de sentirse en estándares superiores de moralidad, pretenden asumir el
papel de controladores éticos de la opinión ciudadana. No solo lo
podemos ver en situaciones de imponer supuestos galones contra la
autoridad fiscalizadora, mintiendo para victimizarse o disminuir sus
faltas o careciendo de la humildad que se espera de ellos ante
situaciones que no tienen ninguna justificación. Podrán argumentar
estrés o temperamentos irascibles, pero nada los excusa
de su función de servidores. Lo hemos visto en numerosas ocasiones y en
diversas circunstancias y de todos los colores políticos y avergüenza.
Ahora bien, se está haciendo costumbre tratar a la población como si
fueran párvulos. Opinar sobre la forma en que se deben gastar los
recursos del 10% resulta una muestra de un maternalismo que debe ser
rechazado en todas sus partes, pero que está imbuido de un
convencimiento de superioridad que la formación familiar y del grupo
dominante ha impuesto. Lo vimos durante todo el proceso de discusión del
famoso 10 % donde la majadería colmó la paciencia de los chilenos. Los
parlamentarios fueron acusados directamente de “irresponsables”, por
aquellos que se invistieron de diligentes en la defensa de la postura
vencida. A pesar de todo y cuando el tema se zanjó, se insistió en ello
y, a pesar de que nadie se daba cuenta porque el problema estaba ya
superado, se siguió tildando a la opinión ampliamente mayoritaria de
“irresponsable”. La insistencia en el uso de estos conceptos constituye
una falta de respeto tanto a los que dieron la cara por su postura como a
la conciencia ciudadana y deja de manifiesto otro concepto que es más
profundo y que se debe erradicar: que la población no sabe nada y que
todo lo que hace la estructura que ejerce el poder está en lo correcto.
Cómo si solo sirviera para votar. Se ha olvidado o desatendido el
verdadero sentido de la democracia cuando se tiende a encasillar,
ningunear y estropear al otro solo porque no acepta una determinada
posición. Nadie está en un pedestal del conocimiento y menos aún de la
moralidad, porque el principal factor que se debe tener en cuenta para
que un país avance es oír lo que el pueblo quiere y adecuarse a ese
clamor.
Si es hambre hay que dar de comer; si es verdad hay que informar; si es
conciencia hay que educar; si es justicia hay que sancionar. Son muchos
los errores que los servidores han cometido y seguirán cometiendo,
porque no hay una directriz común y se aplica mucho criterio personal y,
en esa perspectiva, hay de todo. Nadie es infalible y es difícil pensar
en reemplazar a los que los cometen porque la baraja de que se dispone
no está en condiciones de ampliarse y parece que nadie más quiere asumir
funciones de responsabilidad. Contra todo lo augurado, los dineros del
10 %, del que tanto se hablaba como una gran complicación técnica,
económica y bursátil, está llegando a la población y cada persona sabrá
como lo gastará: para pagar deudas, alimentos, pensiones o para darse
algún gusto, de aquellos que tantos meses se han privado producto de
esta pandemia. Nadie podrá dudar que la conciencia será la primordial
medida para que la economía vuelva a funcionar.