En estos tiempos de pandemia ¿Quién, serenamente, con el espíritu y la mente libres de prejuicios,
sin mezquindades y sin temores, puede estar lo suficientemente
tranquilo y confiado como para disponerse a disfrutar de un nuevo día,
para compartir armoniosamente con la familia y los cercanos, para
asistir animosamente a los lugares de trabajo? La pregunta se hace más
compleja si consideramos que, dada la naturaleza de nuestra Pandemia,
estamos todos frente a un límite de acción que no es posible trasgredir:
no podemos concebir soluciones concretas y rápidas que nos aleje del
peligro pandémico y sus fatales consecuencias. Sólo podemos tener
expectativas que son excepcionalmente, quizás como pocas veces en la
historia, comunes a todos los actores del entramado social que hemos
construido de mutuo acuerdo y para mutuo beneficio, en los últimos
decenios. En esta ocasión, estamos como individuos y como humanidad en
el mismo lado del escenario, enfrentando la incertidumbre que provoca lo
desconocido y sin más armas que lo que la ciencia y la conciencia
solidaria puedan aportar en su momento.
La
expectativa más trascendente es la inevitable y humana pretensión, de
la mano de la esperanza, de continuidad de nuestros procesos vitales, de
nuestra corta vida. Por cierto, este deseo va asociado a la mantención
de nuestros también efímeros privilegios
y que tiñe de contingencia toda acción cotidiana que conduzca al fin
esperado o deseado. Así, cada cual desde el sitio que le ha
correspondido ocupar ya sea por azar o por alternativas disponibles,
mira el drama que se nos expone sobre un escenario delimitado por
cuarentenas y decisiones gubernamentales, y cuyo guión se re-interpreta y
re-escribe tantas veces como queramos y según nuestro propio y
solitario criterio. Pero también implica tomar decisiones de
trascendencia acompañado por la incertidumbre y que nos expone a pensar
no solo acerca de nosotros y de nuestra vitalidad sino, también, de lo
que hemos logrado materialmente y de lo que podría venir después de
superada la crisis. La mantención y continuidad de un modelo de
desarrollo como base para el crecimiento individual, al cual optamos
desde la Revolución Industrial del Siglo XVIII con sus luces y sombras,
es una posibilidad cierta luego del paréntesis que ha significado esta
demostración pandémica de la fragilidad humana. A pesar de la creciente
crítica por la generación de una sociedad individualizada, fragmentada,
desarticulada y privatizada, dejada en evidencia esta vez por la propia
pandemia, el modelo sigue allí plantado y dispuesto a seguir definiendo
los límites y alcances de nuestra sociedad y de nosotros mismos como
individuos. Al mismo tiempo y ante la indiscutible evidencia que ha
emergido como nuestra verdadera realidad social, se desarrollan acciones
que hablan de la reaparición de lo humano y de la vigencia de aquellos
valores innatos, que no se pueden comprar, y que ponen a la dignidad del
hombre como primer actor del drama que vivimos. Tales acciones abren
esperanzas fundadas para volver a instalar un modo de ser que se
establezca sobre una opción irrenunciable de relación fraternal y que se
construya con decisión determinante en torno a la tolerancia.