Réquiem son los cantos a los difuntos y pareciese que solo falta un compositor chileno que lo componga.
Nuestra
sociedad, lamentablemente, en una verdadera locura institucional
colectiva camina ya sin freno alguno hacia un final que la gran mayoría
percibe como muy dañino para el futuro de la Patria, en especial ya no
para quienes estamos en la tercera edad, sino que para nuestros hijos y
para las generaciones siguientes que les sobrevivan.
Hasta
Bachelet 1 caminábamos hacia el desarrollo (el mismo que había predicho
Lagos hacia el 2000) y todos miraban más la parte llena del vaso que
aquella parte vacía, que sabíamos existía, pero que estábamos
conscientes de que para llenarla era necesario un esfuerzo (crecimiento)
con el adjetivo que quisieran (equidad, justicia social, para todos o
con chorreo).
En
ese camino habían existido dos períodos de gobierno, el uno autoritario
(Gobierno militar) y el otro democrático (Concertación), los cuales
habían sido FUNDACIONALES, en lo económico, lo político y lo social. El
resultado: un gran avance del país, que solo los necios y violentistas
de la extrema izquierda niegan. He dicho en otras instancias que el
Gobierno del presidente Piñera no fue fundacional, más bien fue de
administración (o de mala administración).
¿Qué cambió?
El
cambio cultural, desde la perspectiva refundacional marxista que apunta
al debilitamiento primero y eliminación después, de todo el andamiaje
institucional y valórico que se había construido y producido, justamente
para alcanzar el crecimiento, ÚNICA receta exitosa conocida para salir
de la pobreza. Si no somos capaces de hacer crecer la torta, para que
las tajadas que a cada uno le toquen sean cada vez más grandes, solo
estaremos haciendo lo que habitualmente el marxismo hace: repartir la
misma pobreza entre las bocas hambrientas que han mantenido apenas para
que les sigan siendo DEPENDIENTES.
Aquello
se fue produciendo lenta y progresivamente. Primero con los típicos
discursos encendidos y las banderas al viento del marxismo, luego con
creciente violencia verbal y, desde octubre de 2019, con mucha violencia
física, la que además se encargaron de transformar en “víctima” con la
ayuda de la justicia, de organismos de DD.HH., de la Defensoría de la
Niñez y también de la Contraloría. Así, desubicaron a Carabineros
principalmente y generaron una imagen país “violadora de DD.HH.” que les
ha sido tremendamente funcional a sus objetivos.
Crearon
el escenario propicio, cúlmine en Bachelet 2 y, desde ese punto, ya no
les “interesaba” la Presidencia, porque habían logrado la mayoría
parlamentaria. Así, sin la “obstrucción” de la justicia ni de los
órganos reguladores y o contralores del Estado, conociendo a quien sería
el próximo Presidente (al que ya habían “pulseado” en su primer mal
gobierno), solo cabía desarrollar el plan desestabilizador para el cual
se habían preparado.
Desde
el primer día lo dijeron, que si no habían podido pasar la
“retroexcavadora”, no iban a permitir gobernar al presidente Piñera.
Solo había que esperar la oportunidad. Y esa llegó con los “30 pesos”.
Tres
oportunidades no usaron el presidente Piñera y su Gobierno, que por
supuesto incluye a su coalición de Chile Vamos, de haber tomado el
control de la agenda.
La
primera fue posterior al Estallido Delictual, antes del “Acuerdo por la
Paz”. Cuando debió haber creado un PLAN INTEGRAL político, económico y
social junto con un gabinete de GOBERNABILIDAD, recurrió a los
recordados “goterones” de propuestas, las cuales fueron fácilmente
boicoteadas porque no era integral ni robusto, ni osado, ni de respuesta
al malestar ciudadano que se había logrado exacerbar. Terminó, para
salvarse, entregando la Constitución, que justamente era el principal
soporte del desarrollo pasado y futuro.
Luego
vino la pandemia. Desde el comienzo, a pesar de su “pesadez” como
persona y comunicador, Mañalich demostró que tiene habilidades de
gestión y de logística, que ya había demostrado con la Mina San José
para el rescate de los 33. Pero se dejaron enredar por politiqueros
marxistas, Siches incluida, y con el gentil auspicio de los alcaldes
gomeros (la mayoría “del sector”), dejó caer al responsable de haber
preparado a este país para no tener el desastre sanitario que han tenido
otros países, incluso más desarrollados que nosotros. Entonces, la
estrategia se “contaminó” y el poupurrí y el “buenismo” del sucesor
hicieron que llegáramos a tener resultados, en muertes y casos, que
muchos no esperábamos tan intensos.
El
tercer momento para “zafar” fue el abordaje de los graves efectos
sociales y económicos de la pandemia, los cuales se supone un gobierno
de corte neoliberal podría abordar mejor. No entendiendo que lo mejor no
era como los números y las estadísticas nos muestran en el concierto
mundial, sino como era percibido por los que estaban sufriendo el rigor
de los nefastos efectos de la pandemia. Intenta salir con un plan
integral, pero olvida lo más relevante de una negociación, que es dejar
“amarrados” la solución y los eventuales futuros nuevos acuerdos que se
requieran y cómo se resolverán. Entonces empezó a parecer que (a pesar
de que los números comparados dicen lo contrario) era todo insuficiente y
todo tardío.
El
factor favorecedor de lo anterior es la ausencia de una política y
gestión comunicacional, la cual permitió que los ejes comunicacionales,
SIEMPRE, fueron puestos e impuestos por la izquierda extrema, con el
gentil auspicio de los propios partidarios, del mundo de las
comunicaciones y del mundo del “control social”, ambos cooptados por la
izquierda.
Llegamos
entonces a esta última semana y el Tribunal Constitucional, con uno de
sus integrantes señalando por la prensa lo que luego ocurriría. Para el
bronce quedarán las expresiones del ministro Aróstica que no importaba
el origen de la ley sino que si resolvía o no (me imagino a su docto
juicio) el “problema”. Entonces, así se produce el último estertor de
una institucionalidad ya casi fenecida. El órgano llamado a dirimir,
bajo lo que señala la ley vigente, decide involucrarse en la muchedumbre
y en el gentío vociferante. Así, cae el Estado de Derecho. Sus
“guardianes legales” deciden abdicar de sus altas responsabilidades.
La
institucionalidad ha muerto. Cada quien, dependiendo de la fuerza que
tenga en determinadas instituciones y de la fuerza violenta que le
acompañe en la calle, será quien decida lo que se hará de aquí en
adelante.
No
me queda duda de que el gran y principal responsable, por su ignorancia
social y falta de capacidad política y porque no es un estadista, es el
presidente Piñera, pero sin lugar a dudas por una oposición política
extremadamente dañina y con ausencia de mirada país y que supo abusar de
las debilidades del Ejecutivo y la coalición Chile Vamos.
Solo falta quien entone el réquiem en honor a nuestra difunta institucionalidad, la antesala de la destrucción final.
¿Estaremos a tiempo aún de evitar, en un postrer esfuerzo de la mayoría silenciosa, la muerte final?
Espero que sí.