Cien
días. Cien jornadas desde que el primer caso confirmado de la pandemia
se confirmó en nuestro país. Días en los que hemos aprendido, de forma
vivencial, conceptos tales como teletrabajo y cuarentenas, sumado al
cambio de hábitos en las formas de relacionarnos. Días en lo que mucha
gente ha perdido sus fuentes de empleo, donde la economía ha registrado
indicadores negativos nunca antes vistos y que han dejado en evidencia
una vulnerabilidad para la cual no estábamos preparados. A esto se
agrega una previa, originada por el denominado “estallido social” de
octubre de 2019, que tampoco estaba en los planes de nadie, ni siquiera
de conspicuos analistas políticos.
Pues
bien, en medio de todo este escenario, hemos visto como el Ejecutivo ha
hecho esfuerzos por no naufragar, aunque no con mucho éxito, tratando
de surfear estas coyunturas que descompensan cualquier planificación y
que, por razones obvias, dejan atrás la hoja de ruta inicial para
adaptarse y navegar en estas aguas convulsionadas. A estas alturas del
partido es poco y nada lo que podemos lamentarnos sobre si las medidas
tomadas fueron, o no, las más idóneas para afrontar esta coyuntura
sanitaria. Entre medio, y en tan sólo dos semanas, hemos sido testigos
de tres cambios de gabinete (sí, leyó bien: tres ajustes ministeriales).
Improvisación,
presión de los partidos del oficialismo o presión para establecer
acuerdos con la oposición, lo cierto es que cuesta entender esta suerte
de novatada por parte de un equipo que ya tiene a su haber un mandato
presidencial. Quizás esto responda a que las expectativas generadas eran
muy altas en torno al proyecto político que ganó las últimas elecciones
presidenciales. Las chilenas y chilenos optamos, elegimos, por una
alternativa porque alguien tenía que gobernar. Y es quizás este
ejercicio, el de gobernar, el que probablemente ha sido el escollo más
complejo y difícil de sortear.
Lo
que observamos es una pérdida de la planificación inicial, que se vio
mermada con lo ocurrido el año pasado en cuanto a movilizaciones
sociales, encontrando un gobierno más bien reactivo que capacitado para
recuperar el timón e intentar llevar a cabo parte de sus planteamientos
que los llevaron al poder. En el camino, como es propio de la política,
han ido quedando heridos y desilusionados que han terminado por quitar
el respaldo que llevó al presidente Piñera al triunfo en un balotaje
histórico para la Derecha. Esa incapacidad de administrar esa adhesión,
de caer en las prácticas tradicionales de la vieja política, de no darle
“tiraje a la chimenea” han terminado por socavar las confianzas
instalando una sensación de pesadumbre en las filas oficialistas donde
el único objetivo pareciera ser terminar y cumplir con el período
presidencial el 11 de marzo de 2022. De hecho, si revisamos las
encuestas, no existe ninguna carta del gabinete con opciones de ser
presidenciable. Y el único que algo podía haber tenido alguna opción,
como es el caso del ex ministro Sebastián Sichel, terminó siendo presa
de la vorágine partidista teniendo que dar un paso al costado. No se
visualiza, en el futuro inmediato, una recuperación sino más bien un
escenario de alta incertidumbre, donde ya se comienzan a escuchar voces
que apuntan al surgimiento de un nuevo despertar social para este
segundo semestre. No olvidemos, por cierto, que el 25 de octubre de
llevará a cabo el plebiscito para que las chilenas y chilenos decidan si
quieren, o no, una Nueva Constitución.
Con
todo, las proyecciones no son muy auspiciosas en cuanto a recuperación
de la economía, generación de puestos de trabajo y apalancar a sectores
productivos para que logren mantener fuentes laborales de sus
trabajadores. Y si bien el reciente acuerdo político – económico y
social apunta a mitigar los efectos e impactos de la pandemia lo cierto
es que, mientras esta perdure, es altamente probable que las condiciones
y escenarios no sean los más auspiciosos. Más aún, ad portas de
escenarios electorales donde cada aspirante a escaños intentará alcanzar
la meta del triunfo. Para nadie es un misterio, o al menos para quienes
seguimos con atención el devenir de los movimientos tectónicos de
nuestro país, que el próximo año será de alto vértigo, de muchos
personalismos y de promesas que estarán a la orden del día. Todo esto
pondrá a prueba la relación entre el mundo político y la ciudadanía que,
lamentablemente, pareciera no ser de las mejores.
En
Magallanes sabemos de adversidad, de soledad y de salir adelante a
pesar de los obstáculos e inclemencias, nos adaptamos y eso nos permite
superar cualquier desafío porque no nos quedamos en los problemas, sino
que generamos las soluciones. Como dice una canción “somos un pueblo
diferente, habitantes del estrecho, con un corazón valiente”. Pero esto,
que es muy propio de nuestra región, no necesariamente se replica en el
resto del país. Porque, como parte de la herencia de esta pandemia del
coronavirus, bien podríamos decir que en el Chile actual estamos “¡Hasta
el COVID!”, aunque esperamos, con secreta esperanza y fe, que no sea
por mucho tiempo más.
Saldremos
adelante, qué duda cabe. Pero esto va a requerir mucho más que buenas
intenciones, llamados a la unidad o aplausos: esto implica medidas, esto
requiere acciones, esto conlleva decisión, seriedad y, muy
especialmente, afinar la capacidad (e interés) de gobernar.