Humanidad integradora y sin exclusiones

Podríamos
considerar que después de tantos ensayos escritos acerca de las
condiciones personales y colectivas que se requieren para enfrentar un
presente y un futuro que a ratos se clarifica para luego volver a esa
infaltable incertidumbre, falta muy poco que añadir al análisis de lo
que estamos viviendo en pleno Siglo XXI.

La realidad histórica nos
muestra que la humanidad ha estado, de manera permanente, enfrentando
sucesos dramáticos que han hecho aflorar no sólo las grandes fortalezas,
sino que, de manera relevante, las grandes debilidades que hemos sido
capaces de desarrollar culturalmente a lo largo de los tiempos.

Y
tendríamos que poder señalar que, en algún instante, ya debería ser
posible reunir todos los elementos positivos tantas veces requeridos y
exigidos literariamente para, con ellos, enfrentar activamente los
numerosos desafíos que vuelven a aparecer con cada pandemia, con cada
crisis social, con cada crisis ambiental.

Después de más de 5 mil años
de historia registrada, de notables avances y retrocesos sociales,
culturales y ambientales, podríamos considerar que esta es una opción
claramente válida y que nos permite pensar de que siempre hay un
instante en que se hace necesario pasar nuevamente a la acción, para
superar el vivir decadente con convicciones de superación y de rebeldía
frente a los límites estrechos que solemos autoimponernos.

Sin embargo,
pareciera que nos quedamos anclados en las soluciones pasadas para
enfrentar los sucesos futuros y con ello no hacemos sino que levantar e
inventar tradiciones engañosas para compartir imaginarios que nos
identifican y que, en apariencia, funcionan como referencias estables en
el cambio permanente, en la modernidad líquida de Bauman, en la
disolución de las comunidades tradicionales y en la soberbia del
individualismo.

Con ello, solemos descuidar la relevancia de los valores
éticos tradicionales que nos hablan simplemente de la dignidad de la
vida humana por esencia, validando con ello no sólo la cuestión personal
sino que, más importante aún, la validez de lo colectivo, incluso en
épocas de cambios muy profundos. En valores como la fraternidad, la
igualdad y la libertad no hay forma de quedarse atado a un pasado
tradicional, rígido y conservador, pues su sola presencia representa
siempre una continua conquista personal, que se puede transmitir a la
comunidad para fortalecerla en la superación de los períodos de flaqueza
y su cortejo de explotación, privilegios e intolerancia.

El sentido
reduccionista e interesado que tiene el hecho de observar nuestra
realidad como si fuese una simple suma de hechos cotidianos y
desconectados, es claramente incapaz de explicar los aspectos nuevos que
traen los acelerados fenómenos que aparecen en cada episodio de crisis
humana, a pesar de que pueden ser hechos ya experimentados en épocas
pasadas. Por ello, insistimos en recrear cada vez que es posible, la
idea de una humanidad integradora, sin exclusiones y reunida por valores
superiores y trascendentes a límites espaciales y temporales.

Esto es
lo que permite y de manera irrenunciable, la expresión permanente de lo
novedoso y de la consecuente acción individual y colectiva para vencer,
en palabras del Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, el determinismo
de la condición natural.

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