La casa de todos

Quedan pocos días para el plebiscito constitucional, el que fue convocado bajo coacción, rendición y traición. Y como si una especie de maldición siguiera a dicho acto, éste se realizará bajo condiciones que no aseguran la igualdad ni la participación ciudadana. Ya se pospuso una vez, cuando la pandemia iniciaba su desolador tránsito por el país; hoy, el infame virus tiene singular fuerza en nuestra región. Si mucha gente se vuelca a concurrir a las urnas, lo hará casi en un acto heroico, pero que ciertos sectores, los mismos que por acción u omisión permitieron la destrucción del país, exige a los ciudadanos, ciegos de rencor y traumas que contaminan a las futuras generaciones.
Pasado el plebiscito, los impulsores de empezar de cero e ideólogos de la ingeniería social que presenciamos en la actualidad, no quedarán satisfechos. Si ganase el apruebo, dirán que es el primer paso para transformar Chile según sus propias ideas, pues mientras no vean reflejadas sus construcciones teóricas en el país, no descansarán. Estos últimos días ya comenzaron a cambiar su lenguaje: reconocen que el proceso de otra Constitución, no será de un año o dos, sino de muchos más (con toda la obvia inestabilidad que vendrá, de la que ellos callan convenientemente). Reconocen que otra constitución no mejorará la vida de las personas y ahora, ya casi al llegar al 25 de octubre, nos dicen que no quieren generar falsas expectativas. Están preparando el camino para decirle a usted amable lector, que ellos siempre le dijeron la verdad (a pesar que llevan meses falseando la realidad para generar la expectativa que otra constitución sí mejorará la vida a las personas). Nos dicen ahora que los últimos treinta años hubo también cosas buenas, cuando hasta hace pocos nos decían de lo malo que estaba el país en ese período.
Apena ver y escuchar a políticos cambiar el discurso según la audiencia, la necesidad y la conveniencia. Gobernaron por veinticuatro años, pero ahora se desentienden de su propia obra y con desparpajo, nos dicen que el Estado no funciona, cuando por veinticuatro años manejaron y construyeron ese Estado del que ahora abominan. Entonces para endulzar sus palabras le dicen a usted que “construyamos la casa de todos”, cuando se dedicaron por veinticuatro años a construir, arreglar, administrar y reformar esa “casa de todos”; más aún, hasta lucraron con esa “casa de todos”. Ahora nos dicen que la casa quedó chica y que se debe hacer de nuevo. Pensamos que la casa les quedó chica a ellos (no al país), porque necesitan que más familiares, amigos y empleados suyos entren a esa casa que quieren construir con dinero ajeno.
Cierto, argumentos racionales no son suficientes para entusiasmar a las personas, por eso la “casa de todos”, un concepto vago como el que más, es tan atractivo; total, con ese concepto no se comprometen en nada y con nadie. Finalmente la “casa de todos” se terminará construyendo para que sea la casa de nadie, para que nadie responda por ella, para que quienes se aprovechen de ella, no respondan ante la ciudadanía que sólo quiere progresar y tener los mismos beneficios de quienes administrarán esa “casa de todos”.
No cabe duda que se necesita que los chilenos progresemos, que vivamos en primera persona los beneficios evidentes que trae la economía de mercado, de libre circulación de los bienes, de libertad tanto de emprendimiento como cultural. El sueño de quienes creemos en la libertad, es el progreso de cada familia chilena, independiente de su lugar de nacimiento u origen, para construir la verdadera casa de todos: Chile.

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