Un antiguo chiste, que pese a sus años sigue eternamente vigente por su ingenuidad, es el del sillón de don Otto: Otto le dice a Fritz que descubrió a su mujer con un amante en un sillón de la casa, y que debido a su abuso, le comunicó que tomará una drástica medida para resolver tal hecho. Pasados algunos días los dos amigos se encuentran nuevamente y Otto le señala a Fritz muy satisfecho: “para que nunca más suceda un engaño, vendí el sillón”.
En el Chile de hoy, algunos nos quieren decir, al igual que don Otto, que para que se acabe la corrupción, para que se terminen los abusos, para que la gente viva mejor, para que tengamos una mejor política, hay que deshacerse de la actual Constitución. Problema resuelto. Qué importa que sigan en la escena los mismos políticos que han llevado al país a la presente crisis; qué importa que sigan las mismas prácticas abusivas tanto del sector público como del privado; qué importa que mucha gente se venda por dinero o por alguna cuota de poder, aunque sea mínima: hay que cambiar la Constitución como don Otto cambió el sillón para que su mujer nunca más le sea infiel.
Y cuando se les pregunta a los promotores del apruebo qué Constitución quieren, usted encontrará tantas respuestas como personas consultadas. Incluso unas difieren radicalmente de otras, pero qué importa, si cambian el sillón dejan la ilusión que no habrá más engaños, pues no estarán viendo eso que tanto les desagrada.
Consultadas a pié de calle a personas que están por el apruebo las razones de su decisión, encontramos generalmente respuestas que siendo sinceras, que denotan una genuina voluntad de cambio en el país, no tienen como solución el redactar otra Constitución. Existe mucho interés por erradicar la corrupción; porque los responsables de delitos paguen efectivamente el mal causado; porque se terminen los terribles abusos contra las mujeres y los niños desvalidos; porque existan mejores salarios; porque se termine la sensación afincada muchas veces en la realidad, de una delincuencia desatada; porque en nuestra calidad de consumidores se nos respete; en fin, tantas demandas propias de sociedades que se vuelven más complejas, complejidad que es propia de países desarrollados o que están alcanzando el umbral de una mejor calidad de vida. Sin embargo, nada de ello se logra iniciando un proceso constituyente.
Se nos dice además para intentar convencernos que nuestro país necesita otra Constitución, cuando se les confronta para que expliquen qué cambios quieren y cuándo se producirán, que los cambios los hará “el pueblo” y que serán “graduales”, remitiéndose a generalidades y vaguedades insoportables. Claro, porque ¿de qué manera otra Constitución va a mejorar la calidad de la política en nuestro país? ¿de qué manera otra Constitución va a impedir abusos a los más débiles, si lo que re requiere es que las normas actuales se cumplan rigurosamente, para impedirlos?
Vemos entonces a muchos don Otto pululando por los medios de comunicación, diciéndonos que cambiando el sillón se acabarán los abusos y los engaños, porque el país requiere soluciones drásticas. Bueno, como una ocurrencia puede pasar, pero como una solución política seria, no resiste un profundo análisis ni tiene visos de responsabilidad.
Le pregunto a usted gentil lector: ¿si Otto cambia el sillón para terminar con los engaños de su pareja, se acabarán éstos?