Los
conflictos armados, los estallidos sociales, los desastres de origen
natural y las pandemias impiden la escolarización y también el avance de
los aprendizajes de millones de niños y adolescentes y el número de
afectados por estas razones sigue aumentando. En los países afectados
por estas situaciones de crisis, como es el caso de Chile, los niños en
edad escolar de las familias más vulnerables tienen dos veces más
probabilidades de no asistir nunca a la escuela y los adolescentes el de
retirarse del sistema educacional, ambas situaciones debieran provocar
una verdadera preocupación para quienes ejercen liderazgos en los
sistemas educacionales del mundo.
La
educación es una institución social clave en el funcionamiento
cotidiano de nuestra sociedad: la provisión de educación formal ofrece
una comunidad de pertenencia para los estudiantes y su entorno familiar,
además de permitirles expresarse y comunicarse con sus pares, así como
con adultos significativos en sus establecimientos educacionales. Por
ello, su interrupción producto en primerl ugar
por el estallido social y ahora por la pandemia trae consigo no solo
impacto en los aprendizajes, sino efectos sicológicos y sociales.
En
parte, por estas razones, las instituciones y las personas que cumplen
funciones de liderazgo en materia de educación deben desempeñar un papel
activo en la promoción y ejecución de la educación de calidad para
todos: niños, jóvenes y adultos a largo plazo y al mismo tiempo estos
liderazgos deben implementar acciones que permitan abordar la
heterogeneidad de las condiciones educativas de los hogares y los
establecimientos educacionales, tanto en tiempos de receso como en el
retorno a clases presenciales, buscando que no se incremente la brecha
educativa por nivel socio económico e impedir la deserción escolar.
Aún
en caso de una situación de crisis sin precedentes, cuando las
comunidades lo han perdido todo, la educación sigue encabezando la lista
de prioridades para las familias, es por ello que todos los estados del
mundo deben reforzar
sus sistemas educativos en épocas como estas, ya que todo niño, joven o
adulto, en su condición de seres humanos tienen derecho a beneficiarse
de una educación que satisfaga sus necesidades básicas de aprendizaje en
la acepción más noble y más plena del término, una educación que
comprenda el aprender a asimilar conocimientos, a hacer, a vivir con los
demás, y a ser. Por lo tanto, la educación es un compromiso y una
responsabilidad internacional dado que es un elemento clave en el
desarrollo humano y por ende de un desarrollo sostenible. Investir en la
educación en tiempos de crisis refuerza la resiliencia y la cohesión
social entre los seres humanos, y desempeña un papel crucial en la
reconstrucción sostenible.