La elite en problemas o un problema de la elite. Muchos políticos, politólogos, académicos, sociólogos, antropólogos y afines, señalan que lo que ha ocurrido en Chile de manera visible, a partir de octubre del año pasado, es que la institucionalidad no está legitimada en la ciudadanía, y de ahí que el “estallido social” era para ellos, totalmente previsible. Y como consecuencia lógica de tal tensión el pueblo quería sin quererlo decir, un cambio constitucional. Todo esto a pesar que las encuestas de manera consistente mostraban que no estaba en las prioridades de la gente iniciar un proceso para una nueva Constitución. Sin embargo, sus estudios y reflexiones copadas de citas a libros, a análisis y a la observación de la realidad emprendida por ellos, les decían que era evidente que las personas en Chile estaban buscando tener otra constitución. Y cuando se les interpelaba el porqué en las encuestas el tema constitucional no generaba atención, respondían que al final de cuentas, las transformaciones que el pueblo reclama no las traduce en un cambio institucional de manera directa, sino que la gente quiere ese tipo de cambio. Es decir, se convirtieron en una suerte de médium del espíritu del pueblo, que como poseídos por fuerzas poderosas, son capaces de interpretar la voluntad popular sin equívocos. Si bien se mira, en las discusiones mediáticas, fue sólo la elite la que estuvo representada. Una elite académica, por cierto, la que normalmente tiene un buen pasar económico; fue también la elite cultural, política, económica la que hizo de vocera de un pueblo al parecer, sin voz. Fue el año en que la elite, ese grupo de personas ubicadas en posiciones de privilegio y que en su gran mayoría no tiene penurias económicas, por lo que tienen mucho tiempo para pensar en qué desean los más necesitados, acudió a sus estudios y análisis para proclamar a los cuatro vientos, qué es lo que la clase más humilde requiere, aunque no lo requieran, pero que sus miradas bajo prismas teóricos, sí lo saben. Se les sigue escuchando sobre un nuevo contrato social entre los chilenos, única vía de legitimación para el sistema político en el futuro, y que de no existir tal nuevo pacto, persistirían las tensiones en la sociedad, la que clamaría por nuevas formas de relacionarse, según ellos. Cuando se está en una situación económica desmedrada; cuando no se tiene un horizonte muy promisorio; cuando se observa a una elite económica y política chapotear en sus riquezas y privilegios, menospreciando demasiadas veces a la gente humilde y sin mayores estudios, entonces efectivamente se está frente a un problema social de proporciones, que no se compondrá con nuevas normas, pues la elite de toda índole, aun con las nuevas normas, seguirá comportándose de la misma manera que bajo las “viejas normas”. Es ilusorio y hasta penoso hacerle creer al “pueblo” que su destino vendrá de las normas jurídicas, cuando es evidente que no es así, si es que seguimos habitando en una sociedad libre. El cambio social mediante cambios normativos sólo es posible bajo regímenes no democráticos, pues en un ambiente de libertad, las personas tienden a seguir su propio proyecto de vida y no el que quiere imponer la elite política. Cuando se le escucha en sus púlpitos mediáticos, pareciera que la gente de a pie está preocupada y ocupada de si en nuestro país el sistema político debe ser presidencial o de tipo parlamentario, cuando lo que desea es un buen trabajo, con un buen salario, educación para sus hijos, una pensión que les alcance y una buena protección de la salud.