La autoimagen es la fotografía interna que tienen las personas de sí mismas. Es como las personas creen que son y no cómo los otros la ven. Es lo que han aprendido acerca de ellos mismos, especialmente mediante la internalización de los juicios u opiniones de los demás. Por ejemplo: una persona puede ser considerada por los otros como muy capaz. Sin embargo, en su fuero interno o en su autoimagen se puede creer o sentir completamente incompetente.
Los seres humanos no nacen con autoimagen. La formación de esta comienza en la niñez, la cual es una etapa crucial en este proceso, ya que la imagen que se forma en los primeros años de vida son las que acompañan a la persona durante toda su vida. Si a un niño se le ha dicho desde muy pequeño que es capaz y que tiene habilidades y cualidades muy positivas, será un adulto con una sana autoimagen y se sentirá apto para hacer aquello que se proponga. Por el contrario, si se le dice de forma reiterativa que es tonto, torpe e incapaz tendrá en el futuro una muy pobre autoimagen y le costara muchísimos conseguir sus metas y enfrentarse a retos o desafíos.
La familia y la escuela son los principales agentes socializadores. Es allí donde las personas conocen las pautas, normas y valores culturales de la sociedad en que están insertas. Estos mismos agentes son los que influyen en la formación de la autoimagen de los niños. Esto ocurre gracias a la capacidad generativa del lenguaje. Dada esta característica el lenguaje, es la herramienta más poderosa que poseen los seres humanos, puesto que mediante esta crean realidades y más en niños pequeños quienes aún no desarrollan ni la capacidad de autocrítica ni de autoanálisis. Por eso tanto, los adultos significativos mediante los mensajes que le envían a los niños pueden estar creando (hablando metafóricamente) ya sea un príncipe o un mendigo. Puesto que los niños son verdaderas ¨esponjitas¨, los cuales absorben y hacen propio los mensajes que les envían los adultos. Además, sin ninguna capacidad para fíltralos.
Por lo tanto, hay que tener especial cuidado con aquello que se les dice a los niños. Preferentemente hay que transmitirle mensajes positivos y alentadores. Hay que decirle las cosas buenas que hacen o tienen. Muchas veces los adultos se centran en lo que hacen mal o en los defectos de los niños. A la par en nuestra cultura, se acostumbra a dar por hechas las cosas positivas. Por ello no se resalta ni se premia lo positivo. No se trata que se deba decirle que todo aquello que hacen está bien. Es decir, si el pequeño hace algo mal, hay que decírselo (para corregirlo) pero hay que estar atento cuando haga algo bueno, para enfatizarlo y resaltarlo. De este modo, iremos construyendo una sociedad con personas con una autoimagen sana y positiva, capaces de desarrollar todo el potencial que traen escritos en sus genes.