Los once mil estudiantes del sistema público de educación, no están de vacaciones por la gripecita, muchos de ellos están sin ningún acceso a la educación, hablar de promoción por decreto conservando las notas de la última evaluación es un subterfugio que no iguala, sino que segrega, porque claramente en estas condiciones se nota más que en tiempos de normalidad las diferencias de capital social, la disponibilidad de espacios comunes para el estudio, de acceso a internet y del aporte que significan los padres, el grupo familiar y de sus pares, la casa no es la escuela de todos, es la falta de escuela.
El anuncio de Donald Trump, de una próxima vacuna en abril cuando tiene elecciones en noviembre, hace presumir que la gripecita no tendrá vacuna en el corto plazo, tal y como anticipó Bil Gates, hace ya hace meses, que al parecer de alguna información dispone, no cabe esperar una pronta reactivación y normalización.
Las medidas anunciadas, postergación de vacaciones u otras ad-hoc, no resuelven el problema de fondo, cuál es asumir que esta nos es una emergencia, sino un cambio de paradigma, donde la asistencia a clases no formará parte, en lo inmediato, de la nueva normalidad, donde una de las secuelas será el incremento de la deserción del sistema regular porque los padres buscarán otras alternativas.
La falta de digitalización y la falta de recursos no es exclusiva de Chile, las escuelas pueden disponer de material educativo en la nube, pero éste será inaccesible, por lo que la educación a distancia debería ser una alternativa de última ratio, un sucedáneo, que conforme a nuestra realidad no compensará la clase presencial. Por el contrario, esta modalidad de enseñanza podrá funcionar con éxito en establecimientos en que existe un rico vínculo con la familia, se fomenta la autonomía y la iniciativa del alumno, y se tiene la capacidad operativa de monitorear a los estudiantes, sin estos recursos se impone la indisciplina, la falta de constancia y de hábitos que harán estragos en la población escolar de menos recursos.
Quizá la gran enseñanza de esta pandemia sea esa, se requiere volver a los viejos tiempos, en que lo fundamental es el empuje, la iniciativa individual, y entender la educación como la formación permanente del carácter, éste rasgo es al fin y al cabo el que hace la diferencia, se pueden repartir computadores y garantizar el acceso a internet pero lo más difícil seguirá siendo fomentar un cambio de actitud ante el estudio, y la valoración que se da a una buena educación.
La educación pública tiene recursos humanos a los cuales recurrir, tiene la capacidad de superar la etapa de instrucción, que al menos en parte es posible sostener en tiempos de pandemia, pero para ello debe fomentar y desarrollar la adquisición de hábitos de conducta que permitan la reflexión y el análisis, para ello cuenta con todo un arsenal de profesionales psicólogos y de otras especialidades auxiliares que hoy pueden contribuir primero a la salud mental de las familias, y por vía de consecuencia de sus alumnos, segundo a la formación de hábitos, uso de la memoria y del lenguaje.
Con todo, en nuestra región podemos constatar inactividad, falta de propuestas concretas y un Ministerio de Educación que brilla por su ausencia, éste no es un problema del sostenedor y de la autoridad local, que puede hacer lo suyo con el mayor entusiasmo, pero que mientras no se implementen políticas públicas eficaces, la corporación municipal no tiene ninguna posibilidad de educar con éxito en pandemia y cautelar que los aprendizajes cumplan siquiera con los estándares mínimos que resultan exigibles.
La falta de audacia y de iniciativa del Mineduc, es evidente, mientras en el mundo se exploran nuevas alternativas que perfeccionen la enseñanza sincrónica , asincrónica, metodologías como el u-learning y las posibilidades de la escuela virtual, en Chile sólo exhibimos burocracia y un Mineduc que se quedó en pañales y no trasciende de prácticas y planificaciones propias de los sesenta.