La mala clase

Un mono se tapa la boca, otro los ojos y el otro los oídos.

Los
gritos de la desesperanza no fueron escuchados y si los oyeron fue para
buscar paliativos pildorísticos inservibles y burlescos. Los que
gobiernan cerraron los ojos para no ver la realidad de lo que estaba
pasando, cuidando la seguridad de sus bolsillos y los de sus amigos.
Cuando el país es considerado una empresa hay gente que sobra y todos
sabemos quienes son. La hediondez de las hacinadas poblaciones no llega a
los hogares y no les queda de paso cuando transitan en sus vehículos
desde la Moneda o desde el Congreso. Si el olor es fétido cierran
ventanas y abren el aire acondicionado y le echan la culpa al escaso
caudal del Mapocho. No ven, no oyen y callan.

En el Congreso vimos lo mismo. Unos se silenciaron absteniéndose, calculando la cantidad de votos que había como
cartas de una baraja. ¿Por qué no tuvieron la capacidad ética de
inhabilitarse? Otros suscribieron sabiendo también que el resultado les
favorecía, porque los operadores políticos saben y difunden entre las
bancadas el manejo que hay. Entre gitanos no se ven la suerte, pero
saben como piensan y si es beneficioso para ellos, mejor aún. De todos
los partidos de siempre hubo la misma respuesta.

Una
burla para el pueblo el saber no que hay gente que quiera repetirse
eternamente el plato y que lo tiene asegurado porque ha armado y
sostenido una base sólida de apoyo, sino que existen personas que no
saben vivir más que de esto, que desarrollan imágenes y proyectan
eficiencia en sus gestiones olvidándose que los años pasan
inexorablemente. La política del Siglo XIX terminó hace mucho y la
perpetuidad de los apellidos también debería acabar. La rancia
aristocracia que ha hecho a este país a su imagen y semejanza va a
terminar demoliéndola, porque la gente despertó y yo no les quiere más
dirigiendo.

La
votación del Congreso sobre la reelección es un escupitajo en la cara
al pueblo que ya está cansado, muy cansado de tantas humillaciones.

El
panorama no es para nada alentador cuando se han producido, una vez
más, una serie de hechos, reconocimientos y regalos que afectan la
dignidad de la gente que esperaba más, muchísimo más después de meses de
lucha en las calles pidiendo algo de igualdad. Está claro que aún hay
muchos que viven en ese otro Chile, que es alimentado por las noticias
de la burbuja comunicacional y que no han tenido la necesidad de bajar a
observar lo que queda fuera de la cota mil de Santiago. Repito una vez
más: Chile no es Las Condes.

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