Un deseo profundo en las
actuales circunstancias de salud por la cual estamos atravesando, y que
hace emerger de inmediato las circunstancias sociales que muchos están
enfrentando dolorosamente, es la vuelta a una normalidad, definida por
algunos incluso como “nueva”. Es cierto que el individuo humano requiere
desenvolverse dentro de un marco o entorno relativamente restringido y
que propicie posibilidades normales de un cada vez mejor y próspero
futuro. También requiere la generación de condiciones para una cierta
permanencia de estructuras y procesos sociales y económicos, bases para
un indispensable y normal sentido de supervivencia. De esa forma,
históricamente hemos ido aprendiendo que la normalidad, e indudablemente
la mantención de ella, constituye la esencia de nuestro bienestar
individual y colectivo. Aunque sea a costa de la virtud y de cualquier
otra moral superior, o bien interrumpida por pandemias, guerras y otros
verdaderos distanciamientos sociales. La normalidad se constituye así en
una suerte de guía suprema, a pesar de estar localizada en realidades
de vida y de supervivencia que suelen ser dramáticamente distantes, a la
cual se debe volver para enfrentar un futuro paradójicamente carente de
toda normalidad. Las pandemias han sido recurrentes en nuestra historia
como especie humana y con seguridad han roto una y otra vez las
normalidades socio-económicas alcanzadas por los colectivos humanos. Sin
embargo, en cada oportunidad en que ello ha ocurrido, han vuelto a
surgir como entidades que asedian a la voluntad humana y parecen
ordenar, en una sola fila y con un solo destino, a las voluntades, a los
principios y a las esperanzas. En la actual fractura sanitaria y
socio-económica que vivimos a escala local y planetaria, se requiere
mirar al futuro inmediato que nos está esperando, una vez que dejemos de
hablar de sufrimientos y de víctimas, con el objetivo de recuperar, con
cierta normalidad, el sentido de la autoestima, la dignidad y la
confianza. En ese momento, tendríamos que ser capaces de descartar una
normalidad en donde los extractos sustituyan al relato, la
superficialidad sustituya a la reflexión y el olvido a la memoria. Allí
hay un desafío que tendrá que ser tomado por quienes están llamados a
construir una hoja de ruta y establecer un contrato social que asegure
la paz y la justicia social y normalicen un nuevo proyecto de desarrollo
que nos integre y disminuya, cuanto sea posible, el distanciamiento
social, considerando además la obligación que impone la imparable
globalización de la interdependencia humana y del poder que pueden fijar
las opciones de las elecciones de vida individuales y colectivas. Como
ha señalado el Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, nuestro país y
cada uno de los miembros y sectores de nuestra sociedad, pueden aportar,
más allá de su condición o coalición, a establecer acuerdos
fundamentales que tengan el menos costo social y mayor capacidad de
consenso, sobre los caminos que deben seguirse para establecer confianza
económica, confianza laboral, aseguramiento del respeto a la dignidad
humana, y potencialidad de progreso a nuestra comunidad nacional.