Drama,
tragedia e incertidumbre, tres términos con los cuales estamos
aprendiendo a convivir; lamentablemente, a diario. Son más de 100 días,
cien días en que el dolor se ha alzado golpeando a miles de familias
chilenas, pero también cien días de trabajo y mucha solidaridad. El 3 de
marzo se confirmó el primer caso de Covid-19 en Chile. Dos semanas
después, ocurriría lo mismo en Punta Arenas, punto de partida para una
nueva historia. La vida en Magallanes comenzaba a cambiarnos con
términos que daban cuenta de cuarentena, toque de queda, PCR, pero
también con realidades marcadas por restricciones y prevenciones
necesarias para una realidad que comenzaba a instalarse en cada rincón
del planeta. Sin embargo, aquel virus, para el que aún hoy se discute su
génesis y apocalipsis, ha tenido una capacidad destructiva que no sólo
se ha limitado a lo sanitario, también a lo social. Esto último ha sido
el “día después”, con miles de familias buscando sobrevivir, con jefes
de hogares sin trabajo, con pequeños comerciantes conviviendo con la
impotencia de ver sus emprendimientos reducidos a nada y con niños
alejados de sus aulas y afectos. Ha sido un escenario nuevo para todos,
en el cual se ha tenido que aprender en la misma práctica, con un
porcentaje de error importante y asumiendo decisiones que no siempre son
compartidas por todos. El Gobierno del Presidente Sebastián Piñera se
ha visto expuesto a diario a la evaluación de la ciudadanía, el trabajo
parlamentario también, varias veces con críticas justificadas, pero
muchas otras con cuestionamientos poco acertados, donde parece más
importante el comentario que hizo o no hizo el ministro Jaime Mañalich
que una medida adoptada para contener la pandemia o atender un caso
social. Las autoridades conocemos las reglas del juego. Pero, más allá
de eso, cada uno desde su trinchera sólo busca el bienestar de la
ciudadanía. Hay cosas que se pueden, muchas otras no. Las discusiones se
instalan a diario en el Congreso. Todos proponen, creyendo que su
camino es el correcto, que la solución estará al final de éste. Es una
danza de buenas intenciones, con aciertos y errores, pero con trabajo en
jornadas que muchas veces se prolongan más de la cuenta, pero a veces
no más que las que enfrenta un trabajador magallánico que a diario se
expone a las duras inclemencias climáticas en las calles de Punta
Arenas, Puerto Natales, Porvenir o en las comunas más apartadas de la
capital regional. La reciente semana hubo buenas noticias con el roaming
nacional, fundamental en materia de conectividad, justamente para los
lugares geográficamente más aislados; también
con la decisión de legislar acerca de la mantención de los servicios
básicos. Sin embargo, esto último encontró en los descuentos una pequeña
mirada diferente, pero mirada, al fin y al cabo, por parte del
Gobierno, que instaló una nueva incertidumbre y discusión acerca
del destino que tendrá la iniciativa. Son todos desafíos, parte de un
libreto que seguro entregará nuevos capítulos ya a partir de este
momento. Hoy cuesta imaginar el futuro postpandemia. Porque más allá que
los analistas internacionales dan cuenta que tanto Chile como Colombia
han visto menos trastocadas sus economías “gracias a sus políticas de
apertura económica, residencia y adaptación a estrategias de
participación pública-privada”, el punto es cómo se logra traducir todo
en beneficio de la ciudadanía. Como sea lo que venga tras esa puerta, en
lo que se debe coincidir es que esta pandemia nos está dejando una
lección a todos y cada uno. Una lección de humildad y un mensaje a
valorar lo que muchas
veces miramos, pero no observamos. A cosas tan sencillas pero que a
veces nos resultan tan difíciles. A un dar “gracias”, a un decir “lo
siento”. A reconocer nuestros errores, y a respetar y valorar nuestros
afectos.