Cuando
hace algunas semanas aprobamos el retiro del 10% junto a un grupo de
diputados, lo hicimos siempre pensando en la urgencia que tenían
millones de chilenos para superar graves problemas económicos que se
venían generando desde octubre del año 2019. Familias completas,
principalmente de clase media, que lo estaban pasando muy mal porque no
calificaban para ninguna ayuda estatal y que vieron que ese retiro de
fondos fue una verdadera salvación.
Y
por ello, muchos en mi sector político y personas de mi ex partido, me
apuntaron con el dedo y criticaron el haber votado a favor de una norma
que sólo tenía como fin el ponerse en los pantalones de la gente y
pensar que ello implicaba una gran ayuda.
“Nos
vamos a transformar en un país bananero”; “el país se va a incendiar”;
“no podemos traicionar nuestros principios”. Ni uno ni lo otro sucedió,
sino que, muy por el contrario, fue un impulso para nuestra economía y
un tremendo bálsamo para la clase media.
Y fue el propio Gobierno que reconoció que este retiro del 10% de los
fondos previsionales no solo fue una ayuda, sino que permitió reactivar
la economía, que por estos meses ha exhibido muy malos números,
apagando de un sopetón todas esas voces agoreras – algunas de personas
que, sentadas en la comodidad de su centro de estudios, decían que esto
era prácticamente peor que la pandemia del Covid 19.
Por
ello me gustaría hacer una reflexión relacionada con el hecho de que
como clase política ¿se habrá perdido el sentido común? o peor aún
¿debemos esperar un mazazo para darse cuenta de la realidad de la gente?
El
escuchar a las personas no es lo mismo que la frase muchas veces
escuchada que dice “es lo que la calle quiere”. No, lo que significa es
tener el más mínimo sentido común, dejar las teorías del terror que
algunos tratan de instalar y ver que efectivamente se puede ayudar a
miles de chilenos que veían con mucha oscuridad el futuro al no tener
claro si iban a poder contar con recursos que les permitirá salir de
deudas o solucionar problemas urgentes.
El
valor social no es propiedad de ningún sector ni color político, sino
que, muy por el contrario, es inherente a muchas personas que estamos en
el servicio público porque entendemos que el pensar en cómo ayudamos a
quien más lo necesita es la forma de validar el apoyo que nos dan a la
hora ser electos como autoridades.
Había
razones de fondo – y de sentido común – para pensar que el proyecto del
10% no era todo lo malo que se pensaba. Obviamente había que poner
ciertas limitantes porque no se trata de que se permita cualquier
situación, pero lo más importante era el hecho que se nos daba la
posibilidad de ayudar a un sector de la población que históricamente ha
sido postergado como es la clase media.
Ellos
son el núcleo social más fuerte de nuestro país ya que el rango para
considerar dicha condición es muy amplio. La clase media no recibe
beneficios ni ayudas estatales, sino que, al contrario, es quien más
paga impuestos, la que está más endeudada, la que está en la permanente
búsqueda de surgir para darle un futuro mejor a sus hijos.
Esta
conclusión de que el retiro del 10% permitió la reactivación de la
economía va a servir de ejemplo para modificar muchos temas e
instituciones que, con el paso de los años, necesitan una urgente
modificación. No podemos seguir anclados en verdades escritas en piedras
que son imposible de cambiar.
Los tiempos han cambiado y cada vez se hace más necesaria esa conexión con el sentido común de la gente.
Y
quizás como reflexión final, la demonización de una idea y los ataques
casi personales que recibimos, al final del día se los llevó el viento
lo que nos hace pensar en una frase muy coloquial y popular para todos
los que ahora se dan cuenta que no era una tan mala idea: “para hablar y
comer pescado, hay que tener mucho cuidado”.