La Región de Magallanes en el conflicto

La Región de Magallanes sería el escenario principal aunque no el único en las operaciones bélicas. A medida que transcurría el año 1978,
la guerra parecía aproximarse a pasos agigantados, exaltada por las
autoridades castrenses argentinas que iniciaron una preparación
sicológica de la población civil.

Entre ellas, se destaca el almirante Emilio Massera, quien luego de una gira de veinte días por Europa, señaló
a la prensa en su arribó a Buenos Aires, “Tengo la convicción que las
Fuerzas Armadas y el pueblo entero están conscientes de lo que significa
la defensa de nuestra soberanía.


Aunque
unos grupos quieran negociar lo no negociable, incluso negociar con
quien no quiere negociar”, esto sintetizaba la postura de los
denominados “duros” o “halcones”, entre ellos los generales Carlos Mason
y Luciano Menéndez, quienes insistían que “dialogar con Chile era perder el tiempo y que el único camino era hacer uso de las armas”.

Con
total sigilo se estableció un dispositivo, que con limitaciones, estaba
enlazado a través de redes de telecomunicaciones, basados en algunos
casos en medios telefónicos, reservándose las radios al máximo para no
delatar los sitios en que se ubicaban los cuarteles generales, puestos
de mando y de combate. Los servicios logísticos trabajaban al máximo de
su capacidad para mantener la operacionalidad del material y atender a las tropas desplegadas en el extenso terreno.

Diversos
estancieros cedieron sus terrenos para la instalación de campos minados
y vieron sus tierras ocupadas por tropas, cooperando en diversos casos
con alimentación de los soldados y vieron paulatinamente transformarse
sus galpones en polvorines y en instalaciones logísticas desde las
cuales salían todas las noches las columnas de acarreo que transportaban
suministros hacia las líneas más adelantadas.

En
julio de 1978 se veía un clima bélico en ambos lados de la frontera.
En Argentina se hacían ejercicios de oscurecimiento en las ciudades y
fueron expulsados dos mil cuatrocientos treinta y ocho chilenos. El
procedimiento para ello era muy sencillo, citándolos por parte de las
autoridades policiales y se les requerían sus documentos de identidad y
residencia, los cuales eran retirados para ser comprobados, citándolos
nuevamente y al no poseer documentación, la misma que les había sido
retenida, se les recluía y subsecuentemente eran expulsados, para
Puerto Natales esto sería extremadamente significativo dada la
dependencia económica de parte importante de sus habitantes que
trabajaban en la Mina de Río Turbio y que fueron despedidos en masa
durante los meses críticos del conflicto.

Muchos
de ellos, contribuyeron con las autoridades chilenas, entregando
información sobre el movimiento de unidades, puntos de concentración de
tropas y estado de los caminos, lo que permitía a la inteligencia
militar complementar sus antecedentes.

El
gobernador de Punta Arenas, coronel Carlos Soto Pellizzari, organizó la
zona de comunicaciones, emitiendo instructivos ante un inminente
ataque. Se recomendó a la población construir refugios antiaéreos en
los patios de sus hogares, en los que se debía hacer acopio de agua
envasada, velas y comida; se designaron los subterráneos de los
edificios existentes, distribuyéndose por sectores. Los hospitales
fueron preparados y se asignaron ciertos colegios como lugares para
recibir heridos. Se coordinaron las sirenas de Bomberos para alertar a
la población.

El
4 de octubre, Argentina convocó públicamente a sus reservistas bajo el
slogan “soberanía nacional, prioridad número uno”. El día 10, el
comandante en jefe de la fuerza aérea boliviana, general José Antonio
Sempertegui declaraba que las Fuerzas Armadas de ese país estaban
“alerta ante cualquier eventualidad”. En los primeros días de
noviembre, las tropas chilenas y bolivianas se encontraban frente a
frente, separadas solamente por el río Cosapilla. Quedaba claro que de
haber guerra, esta no sería solo contra los argentinos, la Hipótesis
Vecinal 3 tomaba fuerza con diferentes acciones y declaraciones
públicas, más aún después de la llegada de diverso material bélico para
Argentina vía El Callao.

Los
vuelos nocturnos continuaban transportando soldados y bastimentos a la
zona austral, los que eran trasladados en camiones aportados por los
civiles, directamente desde el aeropuerto a sus zonas de empleo, acción
fundamental tomando en cuenta la carencia de recursos.

En
Isla Grande de Tierra del Fuego la situación era similar. El
Regimiento “Caupolicán” se desplegó cubriendo la zona de Tres Arroyos,
Río Chico y Río Grande, desde el camino internacional hacia el sur. El
sector norte fue ocupado por las tropas del regimiento “Chacabuco”
proveniente de Concepción. En octubre arribó junto a otras tropas el
Regimiento de Artillería “Silva Renard”, al igual que transporte
marítimo con parte del Regimiento de Infantería “Andalién”.

Las
fuerzas fueron a su vez completadas con la movilización de más de mil
carabineros provenientes de la Escuela de Suboficiales y otras unidades
manteniendo además reforzadas sus dotaciones en los retenes fronterizos.
Las academias de Guerra y Politécnica, así como las escuelas de armas,
cumplieron los planes de destinaciones de emergencia, para completar los
cuadros de oficiales n
ecesarios en los cuarteles generales y el mando de las unidades de combate.

Chile
había vaciado sus arsenales para enfrentar la contingencia, en Punta
Arenas, ante la inminencia del conflicto, el general Nilo Floody recibió
de parte del comandante en jefe del Ejército, capitán general Augusto
Pinochet, la siguiente misión de guerra: “Ante agresión de fuerzas
argentinas defenderá su zona jurisdiccional combatiendo hasta el último
hombre”.

Hacia diciembre de 1978, la componente terrestre de la Región Militar Austral tenía desplegados
en sus puestos de frontera a más de 18 mil hombres. La gran mayoría
de ellos, permanecieron meses en las trincheras, relevándose
ocasionalmente a solo los de primera línea, quienes eran reemplazados
por otras unidades que se encontraban más hacia la profundidad del
dispositivo, debido
al alto desgaste físico y sicológico que su condición acarreaba.

A
partir de mediados de ese mes, los pilotos de combate de la componente
aérea hacían turno a bordo de sus aviones, listos para despegar día y
noche.

El
comandante en jefe de la Región Militar Austral, general de división
Nilo Floody Buxton, se reunió con la ciudadanía el 13 de diciembre para
explicar la realidad de la situación que se vivía. Fue el momento
culminante de la toma de conciencia por parte de la civilidad en cuanto a
la inminencia del conflicto y en ese momento quedó demostrado el
carácter del magallánico; sin histeria ni manifestaciones patrioteras,
asumieron estoicamente lo que el destino les deparaba. Ninguno abandonó
la región, continuando en sus actividades día a día y cooperando cada
uno en la medida de sus capacidades con las autoridades militares.

El
18 de diciembre, Argentina en forma unilateral ordenó el cierre de las
fronteras. Ese mismo día asumió el mando de la V División el general
Carol Lopicich, con ello el general Floody se concentraba en el mando
conjunto de las fuerzas.

La
Escuadra Nacional, en sus fondeaderos secretos, esperaba el inicio de
las hostilidades, la Infantería de Marina apostada hace meses esperaba
en las diferentes zonas insulares, habiendo establecido una fuerte
defensa, especialmente en las denominadas “Islas del Martillo”, o
bjetivo estratégico para Argentina.

La
Región de Magallanes, sin lugar a duda, era el centro de gravedad del
conflicto. Las fuerzas argentinas se apostaban en diferentes sectores de
la frontera y esperaban el inicio del “Operativo Soberanía”, la gran
ofensiva argentina.



@FranciscoSánchez

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