Se abrió por fin el camino hacia una nueva constitución, pero quizás todavía no aquilatamos con la suficiente fuerza el ejercicio democrático del cual la mayor parte de los chilenos fuimos protagonistas, descomprimiendo una verdadera camisa de fuerza con la cual habíamos vivido por décadas.
Por primera vez los ciudadanos chilenos podíamos definir y decidir a qué órgano le entregaríamos la potestad de escribir una nueva carta fundamental, por eso el “25 de octubre” tuvo además una significación histórica, recordando que casi todas nuestras constituciones con la excepción de la del año 1828, fueron fruto de la imposición y no de la manifestación de la consulta democrática. Situación que implicaba con posterioridad a su imposición tratar imperiosamente de buscar la fórmula para ampliarlas, a objeto de dar cierta cabida a los que habían sido excluidos e ignoradas sus ideas, lo cual provocaba enormes tensiones, conflictos o explosiones sociales, de las cuales hemos quedado perfectamente ilustrados durante los tiempos recientes.
Por eso y otros argumentos, se dice que el domingo los chilenos dieron vuelta la historia y se encaminaron hacia una Constitución que será fruto del acuerdo de amplios sectores del país. Ejercicio que sin lugar a ninguna duda requerirá una mezcla de sabiduría y convicciones profundas, sensatas, plasmadas de diálogos y de una gran voluntad de pactar, desechando la descalificaciones, considerando el sentido común y también la capacidad técnica, teniendo como único objetivo el amor a una patria acogedora, que podamos legarle a las futuras generaciones, que seguramente miraran con lupa este momento de la historia.
Estos procesos son extremadamente necesarios y al contrario de lo que piensan algunas personas, la sociedad y el país no se caerá por el despeñadero o el precipicio sin fondo, todo lo contrario, será el inicio de un camino que permita conjugar de la forma más sana, la necesaria trilogía que los países deben considerar en la preservación de la democracia, como son la estabilidad política, el desarrollo o crecimiento económico y la tan ansiada paz social. Si no se dan estos tres estados o si no se encajan virtuosamente, la democracia se vuelve feble y la justicia y la inequidad crecen larvadamente.
La “paz social”, no se logra por la fuerza, sino que, con la ya histórica – justicia social y también con la equidad – , que tienen precisamente las características de ser los valores sociales más importantes, que velan por el bien común y la convivencia armónica de la sociedad en que se vive, otorgando las condiciones mínimas de bienestar a los ciudadanos, solo así podremos crear, desarrollar y respetar culturas, familias, empresas y un sin número de otras iniciativas necesarias para una sociedad verdaderamente sana.
Ojalá que el “25 – O”, y su amplia participación, haya sido una lección para el anarquismo de la violencia obscena, nihilista, que rompe plazas y templos y corrompe incluso hasta las esperanzas. Como así también para los que piensan y justifican la pobreza y miseria de algunos, como único y exclusivo camino para lograr riqueza y crecimiento de unos pocos.
Un país mejor surgirá de la reflexión, el empeño y el compromiso de la interrelación de personas de diferentes ideas y pensamientos, que tengan una verdadera vocación de servicio y la disponibilidad de ejercer un liderazgo constructivo, que no esté basado en eslóganes ni en recetas oportunistas.