Las contradicciones de la historia

La historia la escriben los vencedores y siempre es de acuerdo al guión que se ha elaborado, a la elocuencia de sus testigos y a la influencia que se espera lograr en una determinada época para un objetivo político. Lo hemos visto en las decisiones del asalto a las Malvinas, en las guerras de Irak, Kuwait, Vietnam, Corea y hasta en la II Guerra Mundial, para no ir tan atrás que han dejado miles de muertos ¿Para qué hablar de los mil conflictos en Europa? El dominio de España en América que llevó tanta desolación y muerte en los pueblos que la habitaban para engrandecer el tesoro del monarca, cubrió con un pesado manto a cualquiera que quisiera destruir la imagen de los conquistadores y luego de los explotadores. Los libros se escribieron para destacar las figuras de los líderes que no eran, precisamente, ejemplos de rectitud moral y los hemos aprendido más que a la de los caciques, incas y emperadores de los saqueados imperios.
Olvidamos los regueros de sangre que ocurrieron en nuestro territorio y solidarizamos con las matanzas de viejo oeste norteamericano, elevados a las películas que nos quieren mostrar que todo lo que pueda ocurrir en el mundo, solo es en ese territorio. Empatizamos con ellos, con la discriminación y persecución y no miramos nuestro propio interior, ni el dolor del color de nuestra gente.
Hay muchos chilenos que han sido criados con la imagen de que son de otro Chile, el europeizado, el que reniega de la gente de las poblaciones, del campo o de las razas que la habitaban. Parece que hubiera un clamor por todo lo que es rubio, lindo, limpio, radiante y con soltura y con una papa en la boca puede tratar a otros de “rotos”, “flaites”, “indios” y agregarles adjetivos irreproducibles.
Esto genera una reacción, que pudiera ser entendida y justificada, de desprecio y rabia. El chileno tiene una actitud sumisa, de no reclamar en las filas, en el trabajo o ante el abuso de un vecino o de la autoridad. Teme que lo pisoteen más, hasta que se da cuenta que su mal no es individual. Es de muchos y que el mundo no se circunscribe a lo que muestran las noticias o a lo que representan las megaproducciones del cine. Somos mucho más que eso.
“1917”, “Las horas más oscuras” y “Dunkerke”, entre otras, son una manera nueva de ver los horrores de la guerra, pues te hacen pensar que no solo es acción, es sentimiento real y doloroso de sus protagonistas.
Conmemoramos la llegada de Colón y no se ha podido financiar películas que recuerden a nuestros antepasados, a sus sistemas de vida y al dolor parido por la llegada del blanco, su maldad y sus enfermedades. “Apocalypto” trató de acercarse a ello con la crudeza característica de Mel Gibson, pero hay muchas más lecturas que hacer y que no se han suprimido de los libros de historia escritos por conservadores que, buscando reconocimiento internacional, prefirieron omitir capítulos incómodos.
Estamos en una época en que se puede cuestionar todo y así lo ha asumido la nueva generación. Podemos presumir que detrás de cualquier argumento hay otro y es hora de que los estudiosos se dediquen a escarbar y destruir mitos.

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