Las cruzadas de nuestros días

Como antaño la naturaleza del hombre busca nuevas formas de dividir a la población entre buenos y malos. Cada uno cree sostener su condición de líder de la bondad y que sus principios e ideales representan la única concepción posible del mundo. Para hacerlo aplica toda su energía y se transforma en aquello mismo que predicó contravenir, pisoteando los derechos y la vida de los adversarios. Los persas y los griegos, los romanos y los bárbaros, el islamismo y el cristianismo, los conquistadores y las naciones arrasadas, los deseos de independencia nacionalistas, el nazismo y los aliados, el comunismo y el capitalismo, son ejemplos vivos de la degradación de los absolutismos en cuyo nombre se han cometido las peores atrocidades de la humanidad.
¿Cuántas veces se ha tenido que rehacer la sociedad luego de cada descalabro? Y aun así, aún no aprendemos. Esta es una etapa nueva y todos los que habitamos este planeta estamos llamados a participar de su construcción o reconstrucción. La solidaridad es fundamental a pesar de que tengamos que tocar fondo para comprender nuestra podredumbre.
Trump y la cultura de la división entraron en el alma de la nación más poderosa de la Tierra, aquella que todos miran como ejemplo y que demuestra su corrosión por la falta de aireación y la fuerza de la dictadura que se autoimpusieron como defensores de la libertad mundial.
Hoy en numerosas naciones se está procurando clasificar a unos y otros entre las ideas izquierdistas y las del conservadurismo extremo. Nacen líderes nefastos que procuran llevar aguas a sus molinos y se olvidan, una vez más en ese afán de protagonismo, de los verdaderos deseos de la gente.
En Chile, se jugó la carta de no querer ser Chilezuela para acceder al poder y luego del estallido social las comunas de la precordillera temían con un pavor desenfrenado que fueran a arrasar sus viviendas, viviendo un estrés que transmitieron a sus hijos y que les perdurará por muchos años. Sufrieron por las multitudinarias concentraciones y solo vieron la destrucción que la TV mostraba sin ningún descaro. Hoy, en numerosas sociedades del mundo, Europa incluida, hay explosiones similares y todas tienen el mismo sesgo, pero nadie las califica como una exportación chavista. Sería mucho ¿No? Las noticias de estos días se preocupan de la muerte a manos de los policías peruanos de dos manifestantes y se olvidan de como estamos por casa.
Hay un nuevo concepto social en ebullición y es más contagioso que el Covid-19 y, en vez de encerrarse en los pequeños feudos que son las protegidas casas y barrios debería llamar a la reflexión. Una parlanchina comunicadora avisó que se iría de Chile si ganaba el Apruebo y la pregunta es ¿Adónde se iría? El mundo está convulsionado y parte desde los EEUU. Ya no hay asilo porque nadie la está echando. Mejor es quedarse, enfrentar su nueva realidad, reconocer la cuota de bondad que hay en la versión contraria y contribuir (muchas veces con el silencio) a la necesaria paz que debe entrar de una vez por toda al Alma de Chile.

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