Las decisiones requieren del libre albedrio

Tarde
o temprano nos tenemos que enfrentar con la obligación de tener que
tomar decisiones que pueden significar resultados importantes para
nuestras vidas. En realidad, cada movimiento que realizamos en nuestras
cotidianas realidades ha implicado una decisión que solemos tomar de
manera algunas veces consciente y, en la mayoría de los casos, de forma
no razonada.

Las decisiones que se están tomando por ejemplo en relación
con nuestra realidad sanitaria, requieren de una gran dosis de claridad
y de proyección respecto de las consecuencias de ellas, pero también
requieren de una contraparte que debe decidir en clara sintonía con
quienes procuran aportar a un bien común muy complejo de dimensionar.
Cuando hemos estado acostumbrados, producto de una sutil y larga
inducción, a desarrollar nuestros estilos de vida en un ambiente de
persistentes individualismos y en compañía de una multitud aparentemente
interminable de seres humanos conectados por intereses efímeros, es
difícil dar consistencia a decisiones colectivas, en donde las
motivaciones vayan más allá de búsqueda personal por una solución
personal.

En este marco de soledad, es mucho más factible que pasen
inadvertidas las formas en las que los poderes fácticos nos manipulan y
que ponen en jaque a nuestra capacidad para tomar decisiones y llevarlas
a cabo con cierto grado de control. A las decisiones sanitarias al
límite, ahora se suman las decisiones políticas de elección y de
generación de un nuevo marco de convivencia nacional a las que estamos
convocados y que requieren, idealmente, de una participación libre pero
con una fuerte consistencia social.

La evidente necesidad de agrupación
en lo colectivo y por esencia humano, se observa diariamente en las
tragedias que significan los aislamientos forzados, las frustraciones
que generan la imposibilidad de compartir el dolor de la muerte, la
desazón provocada por las no despedidas, incluso la sensación de soledad
causada por la ausencia fraterna y amable de nuestras alteridades.
Estas son claras evidencias de la fundamentación social del ser humano y
de la inevitable presencia del cada vez más invisibilizado bien común,
en un mundo que requiere seguir elevando los principios de libertad,
igualdad y fraternidad. Es en un ambiente en donde predominen estas
utopías en donde puede alcanzar una expresión superior el libre
albedrio, ya que su plena aplicación requiere de un proceso social de
aprendizaje y socialización, sin dogmatismos de ninguna especie.

Como
sugiere J. Jiménez, si renunciamos al libre albedrío, a esa supuesta
manifestación de pleno control de la individualidad, y renunciamos a la
libertad y a la autonomía, corremos el riesgo de renunciar por el camino
a la dignidad humana y a los pilares básicos del mundo que nos ha
tocado vivir. Estamos en esos momentos, pese a las restricciones que
pueda imponer la pandemia y las crisis asociadas, que requieren de
participación activa y de pronunciamientos ciudadanos; en suma, que
requieren de decisiones que sobrepasen la aceptación de las cosas sólo
porque sean útiles.

Ahora debería estar involucrado en la toma de
decisiones, un juicio humano que incluya la tolerancia y la fraternidad
para recrear una cultura humanista y laica, que descanse en gran medida
en nuestra propia voluntad y en nuestra capacidad para ser nosotros
mismos, sin modelos de conductas que se nos quiera imponer desde fuera.

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