Las demás comunas

A nueve días del plebiscito del 25-O, cuyo resultado fue, por decirlo de algún modo, rotundo y contundente para la alternativa que -según todas las mediciones- se esperaba, aunque el porcentaje fue una especie de bofetada para quienes auguraban una baja participación y restaban la importancia que la ciudadanía otorgó a este ejercicio democrático. Lo más interesante de analizar, es que -aún con esos manifiestos resultados- se siga desconociendo algo evidente: hace rato que Chile viene cambiando a paso vertiginoso; la sociedad chilena se cansó de las opiniones interesadas y juegos de poder que tratan solamente de hacernos ver el país en blanco y negro, simplificando la realidad en buenos y malos. Muchas veces nos admirábamos cómo en algunos países de Latinoamérica, la denominada “élite” no se comprometía con su respectiva sociedad, sino que vivía con la mente puesta en países más desarrollados. En muchos países con índices más bajos que el nuestro, los hijos de la élite con suerte estudian o cursan sus estudios básicos y secundarios en los respectivos países. Se ha dado el caso incluso que han llegado a tener un presidente que habla el idioma español con acento anglosajón. Se decía que esto no era posible en nuestro país, que era difícil de concebir. Sin embargo, no estábamos tan lejos. Mirando los resultados -en las tres comunas más acomodadas de Santiago y, por lo tanto, las más ricas de Chile- abiertamente hay personas que viven en dos países diferentes: unos en el desarrollo pleno, digno de un país del 1° mundo (de hecho, somos es el país de Latinoamérica donde más ha crecido el consumo de artículos de lujo: automóviles, joyas, menaje, bebidas y champagne de alta gama, la compra de una segunda o tercera vivienda no solo en la playa, son algunos consumos de faraónica exquisitez) y otros, en el 3° mundo. – Solo como dato relevante, digno de estudio sociológico, recordemos que el 80% de la élite política del país -que transita cómodamente y sin culpa entre el discurso de izquierda y de derecha- curiosamente vive en las tres comunas más acomodadas de Santiago -. Otras personas viven en las 343 matizadas comunas restantes que hay en nuestro país, en las cuales se trabaja solo para afrontar las dificultades diarias, entre un presente con pagos urgentes y un futuro laboral incierto, para financiar los estudios de sus hijos/as, solventar un tratamiento médico, pagar un crédito hipotecario (que incluye contribuciones) o un arriendo que va subiendo poco a poco, además de asumir costos médicos de padres ancianos, todo ello sumado al miedo a la vejez, que se ve solitaria, indefensa y con crecientes carencias económicas que plantean el problema de cómo hacer frente a grandes gastos en salud. Por supuesto, es muy agradable poder gozar del bienestar y la comodidad que nos pueden brindar los bienes materiales, que sin lugar a duda nos hacen la vida más llevadera y, por qué no decirlo, también más asegurada y con una esperanza de vida más larga. El problema redunda en preguntarse cuán sustentable puede ser eso, en una sociedad que exhibe tanta diferencia y desequilibrio. Obviamente, las recetas del viejo colectivismo proletario fracasado no son el camino de solución, como tampoco lo es el liberalismo darwinista del sálvese quien pueda. La política internacional nos demuestra que ninguna respuesta que provenga de los extremos, ni de izquierda ni de derecha, es la solución para un mundo del siglo XXI. La fórmula buscada con perseverancia para amainar las explosiones sociales, necesariamente deberá integrar más ciudadanos a una verdadera modernidad cultural, en las cuales las regiones, las naciones originarias y la sociedad en su conjunto, decidan un camino más justo y equitativo, que nos permita alcanzar estabilidad política, crecimiento con desarrollo económico y cultural, con respeto al ecosistema, con jóvenes que alcancen un nivel de educación que les permita mirar al futuro con confianza, con una tercera edad digna. Todo esto resulta indispensable para una sociedad mejor. Todavía hay tiempo para construir el país que soñamos, porque Chile tiene todos los elementos para ser un país desarrollado.

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