Iniciado septiembre y en plena pandemia, Chile comienza un extraño proceso de celebración de 210 años como República Independiente, como un Estado capaz de contar con dirigentes capaces de conducir por sí mismos y sin la intervención de terceros, los intereses de toda la sociedad hacia el bienestar, el aseguramiento de los derechos y la legalidad, superando dogmas, determinismos y costumbres defendidas por intereses de círculos privilegiados. Llegar a tal situación de independencia supuso la acción decidida de hombres y mujeres que buscaron en la emancipación de la corona española y bajo la impronta de las ideas liberales, el destino justo y perfecto para la construcción de una base fundacional que permitiese el desarrollo de una verdadera República y de una Patria acogedora, fraterna y tolerante. 210 años después y en épocas de justas y valiosas evaluaciones críticas del movimiento que dio origen a la nueva nación, emergen hechos que sólo la perspectiva histórica los puede hacer visibles a los ojos y a las conciencias de la actual sociedad, sin egoísmos ni envidias superfluas. Las circunstancias extraordinarias a las que nos tiene sometidos la actual pandemia sanitaria y la pendiente discusión social, ha generado la apertura de otras demandas guardadas, pero no circunstanciales ni obviamente olvidadas. Entre ellas, el establecimiento de una relación digna del Estado de Chile con los llamados Pueblos Originarios, aspecto que obligará a la sociedad que integramos a reconsideraciones históricas para plasmar reconocimientos efectivos y modificaciones necesarias a nivel constitucional, legal y administrativo. En conjunto con las demandas de origen social y que surcan además por los sistemas de salud y educacionales vigentes, la demanda que brota naturalmente desde los pueblos originales hace que sea indispensable la inclusión en el gran debate nacional, de un necesario proceso de integración de las diferentes cosmovisiones y estilos de vida que cubren el actual territorio de la Patria, imperativo para el logro de más armonía social y en coherencia con los distintos principios y valores recogidos en instrumentos y acuerdos internacionales al respecto.
Este septiembre no sólo será singular por la manera con que celebraremos los 210 años los habitantes de origen, los primeros migrantes, los nuevos, los resultantes de todas las mezclas posibles. La pandemia abrió las puertas para una necesaria reflexión del significado que tiene hoy en 2020, ese gesto independentista que puso el acento en los grandes principios de libertad, igualdad y fraternidad del Siglo XIX. El desafío que ha generado el “Acta de Independencia de Chile”, vista más de dos siglos después, es cómo mantener en la globalidad actual, la idea esencial de una República Democrática representativa, pluricultural, crecientemente inclusiva y abierta a ciudadanos y ciudadanas en todas las esferas de la vida en sociedad. El anhelo es seguir avanzando en los esfuerzos republicanos y laicos, por constituir la Patria que se comparte pluriculturalmente, la nación que se construye políticamente con la participación de todos, en fin, un país de ciudadanos, y no un revoloteo de consumidores que giran cegados pensando a Chile como producto comercial internacionalizado, globalizado, convertido en sitio web.