Los indiferentes

Las próximas elecciones a constituyentes, en un proceso inclusivo, amplio, paritario, genera grandes expectativas, por primera vez tendremos escaños reservados para los sobrevivientes de los pueblos originarios, en un intento vano de hacer justicia restaurativa, inútil pero que suena bonito y muy progre, no será necesario hacer esfuerzos de arqueología, bastará con recurrir a un padrón que con suerte será del tamaño de una pequeña libre de notas, pero suena bien, está a la alturas de los tiempos y de un gobierno que en realidad no ha sabido conducir nada, que ha dejado todo entregado ni siquiera a las díscolas fuerzas del mercado sino que al azar.  Total, si el pueblo lo pide está bien, a la suerte de la olla. ¿Cuál será el resultado de este esfuerzo?, con seguridad poco y nada, o una linda declaración acerca de los Tratados Internacionales, el derecho a la autodeterminación, la importancia del patrimonio histórico y una que otra frase progre, pero de rango constitucional, pero nada que mejore sus condiciones de vida, al menos la de aquellos que aún sobreviven.
Hace más de un siglo Antonio Gramsci, escribía y exaltaba el odio a los indiferentes, porque nos decía que vivir era tomar partido, que quién vive no puede dejar de ser ciudadano y partisano, que la abulia y la indiferencia son parasitismo, son expresión de cobardía, la negación de la vida, por eso odiaba a los indiferentes.  Así planteadas las cosas, la indiferencia es el peso muerto de la historia, un cacho, un lastre indeseable y despreciable.   No obstante, reconoce en su obra que la indiferencia opera y lo hace con fatal sentido de partido, opera fatalmente, pero opera, tuerce los programas y los planes mejor concebidos, es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia.
La incapacidad para generar acuerdos transversales generosos, inclusivos, capaces de cobijar a esa inmensa mayoría que votó por el apruebo, está generando indiferencia, no por el proceso sino por los partidos políticos chilenos, éstos cada vez más representan ante los ojos de muchos, a una minoría privilegiada que vive del cahuín, las intrigas menores, las luchas intestinas por alguna escasa migaja de poder, un grupo de personas esencialmente mediocres dedicadas a cultivar expresiones, consignas y espacios comunes que ojalá le permitan acceder al poder para alcanzar quizá a un lugar en la burocracia y un paraíso jubilatorio.   Este panorama realmente desolador, se agrava si se considera que quienes ofrecieron una nueva forma de hacer política, igualmente han fracasado, muestran a poco andar los mismos vicios, la histórica fragmentación de nuestra izquierda tradicional,  cuando no algunos síntomas de delirio y una actitud mesiánica que no genera indiferencia, sino que un abierto rechazo.  O sea, el Frente Amplio, no ha demostrado ser amplio por su capacidad de convocatoria, sino que, por su dispersión, porque se está desparramando en todas direcciones.
A estas alturas, a escasos días de la definición de los candidatos a constituyentes, sostener que se están haciendo esfuerzos por alcanzar la unidad, pero sin renunciamientos, con actitudes puramente testimoniales, o en búsqueda de una identidad perdida que a nadie  interesa,  es bastante menos que la denostaba política de lo posible, al menos esta reconocía claramente sus limites, hubo en ese tiempo generosidad y capacidad de poner por delante los intereses de Chile y de su orden democrático, hoy la irresponsabilidad facilita la sobre representación del adversario político que con escaso porcentaje de adhesión amenaza con igualar el resultado, sin  sistema binominal de por medio. O sea, como se quiera ver el asunto, se justifica la indiferencia por los partidos y al menos en este tiempo se puede ser indulgente con estos indiferentes, que serán activos en el voto e impredecibles.

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