Tiene
razón el rector Carlos Peña al plantear que la semilla de lo que ocurre
hoy en la UDI está en el cosismo impulsado por una de sus figuras más
emblemáticas, Joaquín Lavín. Acierta también al decir que eso se ha
extendido a todo el quehacer político nacional. ¿No es acaso Pamela
Jiles, corriendo con una capa para celebrar la idea de sacar el 10% de
los ahorros de las AFP, una versión centennial de Lavín? Sin duda lo es.
El
cosismo, en ese sentido, sería propio de lo que podríamos considerar
como una razón instrumental, cortoplacista. ¿Y no es acaso la idea de
sacar los ahorros, para sortear la crisis pandémica y económica, la
constatación del imperio de la razón instrumental y cortoplacista, que
algunos ejemplifican con el lema de sálvese quien pueda, que tanto
reprochan los críticos del llamado neoliberalismo?
En
ese sentido, nuestros legisladores, de derechas a izquierdas, están
haciendo gala de la razón instrumental que critican cuando hay focos
pero que, hace rato, usan como modo para ganar campañas, tener
popularidad y arrimarse al poder. Eso aunque sean novatos hablando
contra la vieja política. Ahora, con las redes sociales marcando pauta,
simplemente cambiaron el modus operandi. El cartel que cada tanto
ensuciaba la ciudad ha sido reemplazado por sus propias palabrerías y
demagogias, sus opiniones en redes sociales que con insistencia ensucian
el debate público. Simple basura discursiva que se mueve en función de
una volátil audiencia ávida de adulaciones, odiosidades y promesas donde
unos son vistos como buenos y otros como malos. No son más que
mercaderes, vendedores de serpientes, especuladores que operan en
función del flujo más trivial de las audiencias y sus demandas de
consumo.
Resulta
paradójico que los mismos críticos del llamado neoliberalismo, de la
supuesta ausencia de reglas en los mercados, favorezcan la ruptura de
las reglas a nivel político y promuevan todo tipo de ofertones sin
escatimar ninguna clase de criterio ético o normativo, salvo la demanda
del público. Como lo único que les interesa es su propia popularidad, no
ponen ojo en los medios que promueven ni sus efectos. Son narcisos
máximos en ese sentido. Ofrecen y ofrecen, con eslóganes ingeniosos, sin
parar. No es raro entonces que bajo tal dinámica tengan convertido el
ámbito político en un sucedáneo consumista, como el que tanto critican
algunos de ellos, diciendo Namasté. No es raro entonces que el Congreso
parezca más un programa de televisión, más proclive para charlatanes de
todo tipo, que un espacio político favorable a la deliberación razonable
y por ende reflexiva.
Por
eso no son extraños los síntomas populistas y el voluntarismo reinante
en la discusión pública chilena. Todos son cosistas, incluidos los
críticos del llamado neoliberalismo. Con ello, la política chilena ha
tocado fondo en cuanto a su banalización. Por eso, si buscamos una
palabra que enmarque lo visto en estos últimos diez meses en Chile, la
única que podría hacerlo es imprudencia. Imprudencia del presidente, del
Congreso, de los ciudadanos.
Más
de alguno debe creer que aquello se liga con la rebeldía. Ojalá no
terminemos como los rebeldes en La leyenda del gran Inquisidor, porque
no hay nada peor para la libertad que el reino de la imprudencia y la
vanidad.