La historia nos muestra notables ejemplos que hablan de cómo el humano, sometido a condiciones severas de sobrevivencia, ha podido, bajo esas circunstancias, iluminar y gratificar sus escasos actos de humanidad apelando a la incesante búsqueda de la verdad y de su significado. Uno de ellos y por el cual han transitado todas las sociedades, es el de la ciencia y que refleja de manera brillante la historia de la aspiración humana al Conocimiento. La Ciencia aparece hoy como una palabra mágica y probablemente sea el reemplazo más justo para poder ofrecer respuestas a las dificultades que enfrentamos y que se pueden trazar hasta los orígenes del invento, también humano, de vivir en sociedad, aglomerados pero divididos. Y se trata no sólo de problemas que hablan de duras contingencias, como la crisis sanitaria o la crisis ambiental, sino que también de los grandes temas que siguen poniendo a la imaginación y a la creatividad en un plano superlativo (origen y destino del universo, origen y destino de la vida y su diversidad, entre muchos otros).
La Ciencia aparece como buen invento cuando las certezas del hombre comenzaron a perder su relevancia y las soluciones mágicas y divinas ofrecidas ya no fueron suficientes para romper los maleficios y trastocar los destinos de las personas y de los pueblos. Romper esa barrera social significó incluso la pérdida de vida y la persecución y denostación de científicos notables en la historia de la humanidad. Recordamos a figuras como Bruno, Vanini, Galilei, D’Abano, Copérnico, Darwin, entre muchos otros, quienes pudieron ampliar los horizontes de la humanidad, abatiendo falsedades y prejuicios. Después de tres siglos de avances fundamentales en el conocimiento de la física, química, matemática y biología, la Ciencia está en una fase de alta valoración por parte de la ciudadanía. Cuando a alguna afirmación o razonamiento se le da el calificativo de “científico”, adquiere de inmediato un tipo de mérito y una clase especial de fiabilidad, aunque solo haya disminuido la incertidumbre sobre un determinado problema. Disminuir la incertidumbre y aumentar la probabilidad de predicción son, para nuestros tiempos y para nuestra dirigencia, aspectos claves de la gobernanza actual por lo que la Ciencia debiera tener un valor siempre creciente. La tecnocracia argumentaría que, si viene acompañada de Innovación, cuanto mejor, como si todo lo que ocurriese en nuestro entorno tiene, obligadamente, que obedecer a determinadas proyecciones utilitarias del conocimiento.
Pero hay otras razones que validan la importancia de la Ciencia y es su oposición a lo dogmático y a lo revelado dándole una extraordinaria validez a la maravillosa aventura humana por la búsqueda de la verdad sin importar la funcionalidad de ella. Bajo esta perspectiva, la ciencia genera el conocimiento que permite enfrentar la oscuridad intelectual, la ignorancia, la superstición y la esclavitud de la razón. Lo específico de la Ciencia y del conocimiento que genera, es que se deriva de hechos en vez de basarse en opiniones personales o en la imaginación especulativa. Probablemente, en esto último radica la validez de la ciencia, como fenómeno netamente humano, y que nos da la posibilidad cierta de mirar el futuro con la clásica idea de que “sólo sabemos que nada sabemos” y, por tanto, queda aún mucho por develar, razón por la cual requiere de un permanente apoyo de toda la sociedad.