Hemos asistido a intensos debates entre –incumbentes- que
dicen no ser deliberantes, deliberantes que -son incumbentes- y se
aprovechan de la ingenuidad del prójimo, arguyendo que en realidad lo
hacen para oxigenar la democracia, pero la asfixian con prohibiciones,
desconociendo el derecho del soberano para pronunciarse a través del
voto. ¿Es efectivo que son los parlamentarios, quienes se reeligen?,
falso, en realidad son quienes se postulan. Cada uno en la urna
resuelve por quien vota o si quiere hacerlo o no hacerlo. Ante la
proximidad de un proceso constituyente, ésta reforma constitucional,
huele a peligro, a revancha pequeña, preñada de odiosidad para obtener
una ventaja y asegurar el despeje de la cancha, cuando no un
reordenamiento de la baraja política, no se percibe el más elemental
altruismo y preocupación democrática en la propuesta.
Desde el retorno a la democracia, todos los partidos políticos, sin
excepción, han jugado a instalar nombres conocidos más que
representativos, han restaurado a las viejas oligarquías partidarias
como si el talento político fuera hereditario, a los que se han sumado,
con sofisticadas prácticas de marketing político imágenes conocidas de
la farándula y toda suerte de aprendices de brujos para asegurar al
partido patrocinante un escaño parlamentario. La lucha ha sido
inclemente, inclusive entre quienes proponen renovar la política. Esto
ciertamente ha generado hastío, desencanto, democracia de masas en que
se impuso una escasa participación, en tanto se estableció el voto
voluntario.
La propuesta que prohíbe la reelección de parlamentarios, encubre
una desconfianza profunda por los electores, se les atribuye no
perversión sino que estupidez, porque si el poder lo tienen los votantes
y éstos no son capaces de discernir a quienes privilegian con su voto,
en realidad lo que se dice es que la inmensa mayoría de los electores
son manifiestamente incompetentes y fácilmente manipulables, capaces de
cambiar su preferencia sin mayor discernimiento, por tanto, este es un
esfuerzo por modificar la cartelera, lo que por cierto no asegura mayor
democracia interna en los partidos, mejores nombres o representantes
idóneos.
Es efectivo que la preferencia electoral puede estar determinada
por una multiplicidad de factores, candidatos, campañas, ideología,
sentido de partido, o recursos económicos, entre otros, con todo, en
regímenes democráticos con partidos políticos, la evaluación subjetiva
que cada elector hace sobre el desempeño pasado ejerce todavía una
fuerte influencia sobre la preferencia electoral que no cabe desdeñar.
Las personas, al votar, hacen implícitamente un juicio sobre el
desempeño del parlamentario o del gobierno, si está conforme opta por
el continuismo y si esta disconforme vota por el cambio y la renovación.
Así ha ocurrido inclusive en democracias con partidos instalados por
años en el poder, nada hace presumir
la incompetencia de los relectores, esto es, de quienes reinciden en
sus preferencias, éstos no son ni estúpidos ni intrínsecamente
manipulables, sino personas normales, racionales y con discernimiento.
¿Qué hace pensar que renovar la propuesta con nombres emergentes,
nos garantiza calidad en la gestión legislativa?, no existe acaso el
riesgo que, como aves de paso, no muestren mayor motivación en el
desempeño del cargo y, que conocido el juguete nuevo después lo
abandonen, ocupando el escaño para granjearse un futuro mejor.
¿La rotación garantiza probidad?, falso, las aves de paso no
asumen compromisos, ni con la probidad ni con el país. Por el
contrario, bien podría argumentarse en sentido contrario, el ánimo por
ser reelegido es una acicate para hacerlo mejor.
Al final, la única apuesta permanente es aquella que privilegia
electores o reelectores con discernimiento, con educación, cultura
cívica y pensamiento critico para discernir entre charlatanes,
oportunistas y políticos serios. Nada más, el resto huele a cahuín, en vísperas de un proceso constituyente, donde los argumentos no justifican sino que se cruzan en la descalificación.