Nuestra
sociedad chilena había sido en una especie de darwinismo social bajo la
premisa del “sálvese quien pueda”, que ni el propio, Herber Spencer,
sociólogo y filósofo inglés, teórico del evolucionismo de fines del
siglo XIX, que acuñó el término, habría sido capaz de imaginarse. A
todas luces nuestro país más intensamente que otros alcanzó un nivel de
evolución social determinado, con base en una fuerte diferenciación
estructural.
Llegamos
al punto social en que hipotéticamente solo los ciudadanos más aptos
podían desenvolverse en la sociedad, entendida esta aptitud en términos
económicos. Llegando a la convicción profunda que resultaba totalmente
inútil y contraproducente que el Estado tratara de inmiscuirse con leyes
que protegieran a los más débiles. “Sálvese quien pueda”, era la
premisa.
Paralelamente
un sistema de democracia representativa en el cual las respectivas
camarillas de partidos y a veces ni siquiera estos, sino que los
cercanos del parlamentario o parlamentaria tal o cual, trataban de
tamizar las necesidades de la grey que pretendían representar, un
sistema en crisis totalmente desinteresado, sin ninguna sintonía con la
realidad.
Hoy
día a la luz de la aprobación del tan bullado, esperado y necesario,
retiro del 10 % de los ahorros previsionales, ante la ausencia de
políticas de ayuda realmente efectivas, se produce por la carencia y
necesidad de una sintonía entre el Congreso y la ciudadanía, cuyos
mundos y puentes se habían alejado.
La
democracia representativa o indirecta consiste en que los ciudadanos
ejerzan el poder político a través de sus representantes, a los cuales
eligen en elecciones libres y periódicas entregándoles momentáneamente
el poder. Pero estos representantes no deben olvidarse jamás que el
verdadero titular del poder político y soberano es el mismo pueblo,
quien a través de un mecanismo de participación ciudadana como es la
votación, los inviste de legitimidad para que actúen y tomen decisiones
en su lugar y nombre.
Suena
perfecto, fácil y romántico, pero en la realidad esto no siempre se
logra, el represente se aleja de los ciudadanos que le eligieron con la
promesa de transmitir sus anhelos de una sociedad más justa. Se rompe el
vínculo cuando el representante o parlamentario
genera su propia agenda, una vez que recibe el cheque en blanco que le
otorgan sus votantes en la elección, del cual no rendirá cuenta hasta
los próximos comicios.
Se
da el caso, en que algunos representantes incluso abandonan la comarca y
lo único que los une con la realidad, son las voces interesadas de sus
orejeros y las horas o trayecto del viaje para visitar cuando solamente
lo desean, la comunidad que hipotéticamente los legitimó a través del
ejercicio del rito de la democracia.
La
legitimidad de los representantes o parlamentarios siempre será
compleja, lo cual me recuerda a la novela pedagógica, “El Emilio o De la
educación” del escritor, teórico político y filósofo francés Jean –
Jacques Rousseau. Las sociedades al igual que Emilio deben ser educadas
por y para la libertad. Los representantes aún a costa de ellos mismos
deben aprender y cultivar la educación de los sentidos y entre ellos a
veces el más escaso de todos el “sentido de lo común”.
Ojalá
que los representantes hayan aprendido, que su conexión con las
necesidades de quienes libremente los han elegido debe ser permanente y
no solo cuando ellos se motiven.