Más allá de las omisiones

Escribí
sobre quienes influyeron principalmente en mi formación de periodista. Y
respecto de una selección de notables exalumnos universitarios.

Caí
en ciertas omisiones, que hoy anhelo reparar. Muchas importantes. Por
ejemplo, releo y advierto que no nombré a Julio Martínez. Me unen lazos
históricos con él.

Cuando
yo tenía 14 años lo seguía en “Las Últimas Noticias”, el diario
favorito de mi papá. Además, en la revista “Estadio”. Sus columnas me
conmovían.

Y lo escuchaba en radio. Me estremecía con sus comentarios, sobre todo con sus mensajes de Navidad.

A
esa edad, le envié una carta. Le dedicó 15 minutos en la emisora. Yo le
planteé que deseaba ser periodista deportivo. Él dijo que veía un
estilo interesante en mi texto, redactado con tinta. Escéptico de la
formación universitaria, celebró mi mensaje, pero me recetó que fuera
con gran entusiasmo a los estadios.

En 1962, ingresé a la Escuela de Periodismo, en una casona de San Isidro 560.

En
Tercer Año, mi profesor Nicolás Velasco del Campo, director de “Las
Últimas Noticias”, me llevó al diario y mi primer jefe fue Julio
Martínez. Comencé a trabajar con el ídolo de mi niñez.

Pronto me apoyó, a pesar de que inicié mi caminar con una pequeña picardía. “¿Ha hecho atletismo?”, me interrogó.

Aunque
fui el peor en gimnasia en la Escuela Domingo Matte Mesías de Puente
Alto, respondí que sí. Sin embargo, se refería a si yo había reporteado
ese deporte.

Cuando
concurrí al Estadio Nacional, me pidió que escribiera los resultados.
Mi vanidad universitaria se sintió ofendida, porque quería aportar mi
estilo. El director se lo comentó y Jota Eme poco a poco me abrió el
camino.

Luego seguí por otros rumbos. Mauricio Montaldo, Jefe de Crónica, me rescató para esa sección.

Tiempo más tarde, Luis Sánchez Latorre me enganchó para Redacción, con Homero Bascuñán. Dos influyentes maestros.

Vuelvo a mi extensa vecindad con Julio Martínez. Cuando jubiló, lo reemplacé en el cargo. Un sueño.

Entonces
-o un poco antes- dejó el diario, molesto porque les pagaban más dinero
a Marcelo Salas y a Iván Zamorano por sus columnas. Por cierto, ellos
no las escribían. Lo hacían estudiantes en práctica. Prefirió renunciar
ante Fernando Díaz Palma.

Cristián Zegers le dio tribuna en “La Segunda”. Con halagadora reiteración, alabó mis artículos y entrevistas.

Cuando murió mi papá, Jota Eme me besó en la frente y me susurró: “Siente en mí a un padre”.

Cuando
él ya estaba algo retirado y grave, yo escribía en “La Nación”, llevado
por Ignacio González Camus. Me pidieron que preparara una columna de
adelanto para publicar en caso de que él muriera.

Le
mostré el texto a un colega y lo envió a la sección Cartas de un
diario. Julio Martínez me llamó y me dijo, muy emocionado: “Usted, como
siempre, Enrique, tan gentil”. Literalmente lo leyó horas antes de
fallecer. Inaudito.

Otras
influencias que omití: Joaquín Edwards Bello, Premio Nacional de
Periodismo y Literatura. Tito Mundt, reportero que escribía y hablaba de
un modo de metralleta; Luis Hernández Parker, el mejor y más confiable
comentarista político de todos los tiempos.

Entre
las omisiones de exestudiantes de la Universidad Diego Portales incluyo
a Íñigo Díaz, hijo del muy destacado veterinario y dirigente que le
heredó su nombre.

Soy un lector sin renuncias de sus columnas en la sección Cultura de “El Mercurio”.

Notable. 

Su universo de temas es muy rico. Lo aplaudo cada vez que lo leo.

Sí. Una más de las omisiones, que ahora salvo.

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